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CAPITULO II 

Agustín Jimeno Valdés. 

FACULTAD DE MEDICINA DE VALLADOLID Y

EL DR. VILLACIÁN REBOLLO. 

                 1953-1959 

                1. Los estudios.

                Realicé mis estudios primarios y medios en el Colegio de San José de Valladolid. Los últimos años y por avatares familiares, permanecí interno. Yo siguiendo predisposiciones naturales debería haber sido un buen artesano de la madera, la fontanería o la electricidad. En todo caso un buen perito en esas mismas materias. Pasada la adolescencia me atrajeron los cuestiones ideológicas y filosóficas devorando  el sencillo tratado de la felicidad de Schopenhauer ( Parerga y Paralipómena) o el alegórico y complejo de "Lo que Habló Zarathustra" de Nietzsche que seguramente me hizo más mal que bien. Me fascinaba y hasta cierto punto me angustiaba el clásico problema de la libertad humana. ¿ Hasta que punto no estamos deformados y condicionados por nuestra educación, familia.... y no pensaba demasiado en el condicionamiento más fuerte: el genético ¿O no es así ?. Quería así  desentrañar el misterio del alma y el cuerpo humano dentro de la ciencia y opté por la medicina y dentro de ella y en la tradición familiar la psiquiatría a pesar del mal recuerdo y el miedo mismo que me producían aquellas salas de "finales" de Quitapesares.

                El caserón de la Facultad de Medicina permanecía idéntico al que vivió mi padre en los años 20. El gran anfiteatro decimonónico con las preparaciones de cera francesas y la admonición del Instituto Silvino Sierra. Las aulas desvencijadas. Los laboratorios prácticamente inexistentes. Las salas de rayos, precarias. El tipo de enfermos: beneficencia, que comprendía, sobre todo   gitanos y indigentes. Las salas del Hospital Provincial o viejo: inmensas, altas de techo y heladoras. Los enfermos con frecuencia mantenían su abrigo encima de la cama y la boina puesta en la cabeza.  San Luis donde yacían los tuberculosos tosiendo y con su escupiera al lado era todo un espectáculo. Aún había salas peores como la de San Pedro destinada a quienes sin duda pronto habrían de verlo. Estaban situadas en las buhardillas. Los médicos apenas subíamos. Los enfermos deshauciados o indigentes eran visitados por las insustituibles hermanas de la caridad y señoritas voluntarias,  que ofrecían así su alegría y belleza proporcionando sin duda  unos momentos de alegría.

                Pero nuestro objetivo es la psiquiatría. No existía como tal en el hospital ni en la Facultad. Su preámbulo: la psicología, era enseñada por una persona buena y admirable. D. Alejandro Diez Blanco. Pero él era profesor de filosofía de Instituto y su enseñanza, pues, se inclinaba sobre la psicología especulativa y filosófica aunque dominaba los atisbos de psicología experimental que habían practicado los psiquiatras y psicólogos experimentales clásicos. Con D. Pedro Gomez Bosque crearon y mantuvieron una "Academia de Psicología" en la Facultad donde se trataba de lo divino y humano. Círculos breves de  convivencia y reflexión en una época donde no tanto estaba prohibido el libre pensamiento sino que estaba soterrado por otras urgencias más primarias. En este grupo recuerdo a quien sería posteriormente catedrático de bioquímica de la Facultad de Medicina y director del Instituto de Biología Molecular recientemente fallecido cuando aún estaba en plena creatividad y dedicación: El Prof. Benito Herreros. Un aula de la Facultad  lleva su nombre.

 

                La psiquiatría la explicaba el Prof. Villacián. D. José era la persona más buena y entrañable del mundo. Gocé de su amistad y tendría que escribir sobre él largo y tendido pues me considero su discípulo aunque propiamente yo no trabajé con él en psiquiatría, si no solo fui su alumno en la asignatura de la Facultad. Pero puedo hablar con suficiente conocimiento de causa. Suelo recordar a quien preguntare que en los largos años de mi residencia en Alemania al volver de vacaciones siempre y solamente saludaba a tres  personas. D. Jesus Casas Carnicero en cuya clínica fui alumno interno, al Dr. Villacián  y a D. Pedro G. Bosque.

                Llevé además al Dr. Villacian en mi coche a La Coruña en el año 1967 para participar en un congreso sobre alcoholismo organizado por el Prof. Alonso Fernandez  y el Dr. Hernandez Cochón, Jefe de Sanidad de La Coruña entonces y autor años después del plan de asistencia psiquiátrica de La Coruña con el Dr. J.L. Montoya. Fuimos parando por el camino para visitar a antiguos clientes constituidos en amigos... en Cacabelos, Becerreá. Se empeñó en pagar todo gasto y aún apareció luego con tres cajas de bombones para cada una de mis tres hijas. Su psiquiatría sencilla en la forma era profunda en el fondo y sabia y humana en su aplicación. El enfermo era una persona en su vida, en su casa, en su cultura en su pueblo... y no se necesitaba teorizar sobre el problema, ni acudir a disgresiones sistémicas. Parecía un Santo. Aspecto y vestimenta de franciscano humilde. Rostro de aldeano sabio y en su caso socarrón. Voz quebrada y salpicada de tos bajo pequeños esfuerzos y como secuela de su amistad con el bacilo de Koch... que compartía con otros entrañables profesores de la Facultad de Medicina de entonces como D. Evelio Salazar y D. Leopoldo Morales.

 

                2. La psiquiatría del Dr. Villacián.

                ¿ Qué psiquiatría y cómo la explicaba el Dr. Villacian ? El de suyo era profesor adjunto de patología médica. Procedente de la escuela de Bañuelos fue siempre un magnífico internista y por ello era su psiquiatría psiquiatría médica o según el modelo médico. "Pues si la psiquiatría no es medicina no es nada " Solía decir. O aún más lapidariamente: " Lo no cuerpo no es objeto de la psiquiatría". Más tarde supe que era ésta una frase de Kurt Schneider, uno de los psiquiatras más importantes en la segunda mitad del siglo XX. Echaba así por tierra las pretensiones o ilusiones metafísicas que algunos de nosotros quizás albergábamos en presencia de lo que todavía se llamaba espíritu y no mente. Aun me parece importante repetir alguna otra frase bien subrayada en mis breves, pero enjundiosos apuntes. "La enfermedad mental fundamental es la no articulación de las distintas funciones de la mente; pero  la mente no es la suma de las partes" " El cerebro no es el órgano de la mente": " Los actos del enajenado los hace un él que no es el yo, pues ha perdido la libre determinación de los mismos. " Y por último apoyándose sin duda en Ortega Gasset: "El Hombre es el único ser capaz de ensimismarse"   El   era por supuesto director también del Hospital Psiquiátrico, o dicho según el lenguaje de la época, el manicomio. Cómo era este centro y cómo funcionaba lo ha relatado él en otros lugares, sobre todo en la Real Academia de Medicina, y no es tema de estas páginas.

                En todo caso las clases tenia que darlas en la Facultad de Medicina y con frecuencia traía un enfermo para ilustrarlas practicamente. Estos enfermos solían ser los mismos todos los años. Un débil mental, un paralitico cerebral, un tabético ( pues la psiquiatría no andaba entonces muy diferenciada de la neurología ) varios esquizofrénicos en la linea parafrénica para que nos percataramos bien de lo que era un delirio... Tenia que traer al enfermo en su propio coche. Yo creo que era un taxi, pues no recuerdo que lo tuviera propio. Hablaba con el paciente como si fuera de su familia. Le acompañaban casi siempre algunos discípulos. En mi época casi constantemente el Dr. Munguira   que luego ejerció en Vitoria y el Dr. D. Blas Bombín uno de sus discípulos predilectos, según su propia confesión,  nuestro esforzado amigo, que ha elevado la psiquiatría de Valladolid a la categoría de ministerio.

                D. José María hacia contar al enfermo su historia como un cuento y le encantaba que saliera a relucir la vena socarrona y aldeana que todos en Castilla llevamos dentro. Tengo aún sus apuntes de clase en una humilde libreta. Se centraba en los grandes síndromes. Los estados confusionales,  amencia, el delirio.... Todo bajo el prisma clínico descriptivo en primer lugar trazando vívidas imágenes de los pacientes. Luego la fenomenología clásica con claridad pero abreviada a las necesidades de los estudiantes para los que en aquel entonces la psiquiatría en el último curso era una asignatura "María" a pesar del impulso que recibió por donde menos se esperaba: la presencia del nuevo catedrático de medicina legal: Dr. Fernandez Cabezas   que con su insólita exigencia nos obligó a estudiar una psiquiatría en el marco de lo forense.

                Daba mucha importancia a los síndromes orgánicos y se detenía largamente en la anatomía patológica: Incluía en la psiquiatría a toda la epilepsia como era habitual en la época y siguiendo a Jaspers, que colocaba en el grupo de las psicosis endógenas al lado de esquizofrenias y depresiones melancólicas a las psicosis epiléticas ( del grupo llamado esencial y después centroencefálica ) Todo ello ha quedado superado que no invalidado.

                Desde luego en los exámenes, en general orales, era benévolo. Tan benévolo como con sus pacientes incluidos los de su consulta particular a los que cobraba cantidades irrisorias. Quizás en este increíble detalle se diferenciaba el eximio especialista profesor universitario y con fama  absoluta, del advenedizo con el gran letrero en la calle. El primero atendía también en su casa a un gran número de pacientes gratuitos no solo por ser amigos si no por auténtica caridad cristiana, sentido social de la profesión,  y señorío orgulloso. Un profesor vivía muy modestamente aun siendo clínico y con consulta y en concreto de Villacián se conocía como toda riqueza su extensa familia y un sencillo chalet en El Pinar de Antequera próximo al de sus colegas, amigos del bacilo de Koch como decía. Desde luego los profesores no clínicos pasaban auténtica penuria, aun siendo numerarios y así  recuerdo el caso del maravilloso Dr. Dehesa catedrático de Anatomía, que racionaba sus cigarrillos a cuatro al día por razones meramente económicas. Tenia muchos hijos. ( Anécdota referida por su discípulo Prof. Pablo Santamaría, que ejerció luego su docencia  toda su vida en las universidades alemanas de Giessen y Münster)

               

                ¿Qué textos nos recomendaba ? Desde luego su propio texto como capítulo final del "Tratado de Medicina Interna" de Bañuelos. Un texto escueto, pero clarísimo que bien podría seguir siendo recomendado hoy. No existía nada más que otro texto equiparable: El de Montserrat Esteve en el tratado de Pedro Pons, pero el de Villacián me parece más clínico y mejor adaptado al estudiante y al médico no especialista.

                Otros textos eran el Lange, traducido del alemán, escueto, un tanto confuso y poco de mi gusto y desde luego el gran tratado de Bumke traducido por Emilio Mira, prologado nada menos que por Cajal y que era el habitual del especialista y que estudiaba por ejemplo mi padre para preparar las oposiciones que tuvo que realizar a jefe de sala de Quitapesares. El tribunal fue presidido por Valenciano Gaya de entrañable memoria y en más de una ocasión me recordaba que le preguntaron por la esquizofrenia que mi padre recitó casi de memoria desde el texto de Bumke.

" Desconocida en sus causas y misteriosa en sus síntomas...."

                Siguiendo los consejos de mi padre, sin embargo, no quise durante el estudio de la carrera dedicarme ya a la psiquiatría. Insistió en la necesidad de una sólida formación en medicina interna. Por ello cuando en 1956 obtuve el numero uno en las oposiciones a alumno interno escogí la clínica de patología interna del Dr. García Conde, que en realidad dirigía día a día el Dr. D. Jesús Casas, ambos  de entrañable memoria y tributarios de mi constante agradecimiento.

 

                 3. En Madrid: 1959-1960

                En 1959 terminé la carrera y entonces llegó el momento de decidir si quería ser psiquiatra. Había obtenido las máximas calificaciones y el premio extraordinario de la licenciatura y así no me fue difícil que los profesores más prestigiosos de Valladolid me recomendaran al Prof. Lopez Ibor de Madrid a la sazón y durante muchos años la primera autoridad en psiquiatría de España. Aún conservo alguna de aquellas cartas que como credenciales de embajador me entregaron en mano. De D. Emilio Diaz Caneja, catedrático de oftalmologia, director del Hospital Valdecilla de Santander y rector de la universidad de Valladolid largos años. D. Marcelino Gavilán, y D. Vicente Gonzalez Calvo, compañero de mi padre, magnífico y didáctico profesor que por avatares de la historia, después de brillantes años en la Facultad de Medicina se entregó vitaliciamente  a la presidencia de su queridisima Real Academia de Medicina de Valladolid.

                En Madrid pude alojarme en una modesta residencia de  "Acción Católica" en la calle Atocha. Muy cerca del lugar de mis estudios. El gran Hospital de Atocha donde pretendía hacer mi doctorado y asistir ( por supuesto como voluntario sin sueldo  ) a las salas de psiquiatría. Eran casi las únicas en toda España que estaban ubicadas en un hospital general. Creadas por Sanchis Banus  fueron dirigidas nada menos que por Lafora y albergaron a Bartolomé Llopis. Por aquel entonces dirigía las dos salas de hombres y mujeres J.J. Lopez Ibor. Me acercaba a Madrid con reverente interés, pero no en absoluto con timidez o ignorancia. Yo había estado ya varias veces en Alemania. Conocía el idioma ( además del inglés y francés ) y a mis 18 años había leído en original la "Psicología de las concepciones del Mundo" de Jaspers, amen de mantener familiaridad con Nietzsche, Schopenhauer,  Goethe y Rilke. En Alemania no estuve haciendo intercambio como adolescente como ahora se estila. Con 18 años fui a una casa patricia como profesor de conversación de español y me encontré con un puñado de intelectuales mayores, que aun vivían el Zeitgeist de la preguerra y que cultivaban el clima espiritual de la Alemania clásica. Era consciente de mí mismo y aspiraba a lo más alto. Había desdeñado incluso una oferta firme para continuar en la medicina interna de la mano del D. Javier Garcia Conde a quien a pesar de sus apretadas clases admiré por su esfuerzo en la precisión y claridad, en la amenidad didáctica y en el apoyo que prestaba a quienes deseaban aprender.... por lo que también expreso aquí mi máxima  gratitud hacia él mismo y hacia su hijo  después también catedrático de Medicina Interna  en Santiago de  Compostela y en Valencia.

 

                Lopez Ibor leyó las cartas. Miró brevemente al infinito y con su voz baja y un tanto atiplada dijo al Dr. Lopez de Lerma que estaba a su lado:

                " Parece un alumno brillante; quedaté con él". Y esa fue la única vez que hablé, es un decir, con Lopez Ibor. Pasé a la sala de  hombres con Lopez de Lerma y pocos dias después con "Velasco Escasi". Un hombre grueso y entrañable a quien yo, que estaba ya pensando en el trabajo profesional remunerado que me permitiera organizar mi vida, admiraba por haber ganado decenas de oposiciones. Y a su lado, frente al enfermo, empecé yo a aprender por imitación y observación - como los MIR actuales que me acompañan diariamente en el Hospital Clinico de Valladolid -  el dificil arte  de la clínica psiquiátrica.

 

                No faltaba un solo día, fuera la hora que fuera en la que pudiera ir, pues simultaneaba la asistencia a la sala con mis cursos de doctorado que incluían al Dr. Marañón y a Lain Entralgo nada menos, de los que podría escribir también largo y tendido. Por lo demás me hice socio del Ateneo y allí en la calle del Prado pasaba largas tardes en su maravillosa y cómoda  biblioteca,   ( allí estaba toda la psiquiatría ) o escuchaba lo que se terciara en las tertulias de la cacharreria. Eso sí; nunca aguanté ni las exposiciones de pintura vanguardista ni la música contemporánea de Luis de Pablo, Blancafort u otros, y mis meriendas las tomaba en forma de ricos bocadillos de calamares o salchichas en las tascas de la adyacente calle del León.

 

                La clínica era tortuosa, sucia con salas de 8 o diez enfermos en las clásicas camas de hierro esmaltado en blanco. El olor una vez más el típico y nauseabundo de estos establecimientos. Peor en las salas de hombres que en  las de mujeres. No se percibía mucho el espléndido edificio de granito que es hoy el Museo Princesa Sofía. Si acaso en las salas altas de los servicios médicos y quirúrgicos. Nosotros habitábamos una esquina al ras del suelo en el ángulo que mira hacia la estación de Atocha y el grandielocuente edificio del Ministerio de Agricultura. Al terminar o en discretos descansos nos acercábamos - recuerdo al menos a Rafael Llopis - a algún bar del comienzo del Paseo de Embajadores. Zona de barrio. Siempre abundante personal, la mayoría del sur de Madrid, como es lógico. Así hicimos amistades que no prosperaron demasiado.

                Había un aula no muy grande donde teóricamente todas las semanas, de vez en cuando según nuestra impresión, se celebraban las sesiones clínicas. A ellas asistía o las presentaba Lopez Ibor. Muchas veces a puerta cerrada, especiales para cursos pagados en los que abundaban los suramericanos. Los pacientes de la sesión estaban bien estudiados. Tenia siempre un buen informe psicológico ( de la Dra. Pertejo, creo recordar ) que incluía el Rorschach y otras pruebas. También la exploración médica y neurológica. El relato más bien en lenguaje normal que en su traducción fenomenológica. Gustaba Lopez Ibor de una cierta espectacularidad y así recuerdo haber visto un caso de un aparatoso calambre de la escritura, u otros de una mujer que escenificó un precioso ataque histérico y que a todos nos hizo creer que estabamos en la clínica de Charcot 60 o 70 años atrás. Disfrutaba muchísimo de estas sesiones que afianzaban mi vocación por la psiquiatría. No había biblioteca. Se decía que el jefe se llevaba los ejemplares a su casa y que los devolvía pasados unos años por lo que solamente él podía estar al día. Pero probablemente sería ello un bulo. Mas bien pienso que pagaría las revistas de su bolsillo por lo que bien podía llevarselas a su casa. Por otra parte los presupuestos oficiales eran entonces muy parcos y no creo que dieran de sí para abonar revistas sobre todo extranjeras.  Se comentaba mucho, naturalmente que en voz baja, el número de puestos oficiales que él tenía. Se discutía si se trataba de quince  o meramente diez o doce. Nosotros ninguno. Este hecho que hoy parece un abuso insoportable, era frecuente y aun comprensible  entonces para las personas colocadas a cierta altura sea profesional y mejor si a la vez política.  Claro que la remuneración en estos puestos era habitualmente escasa y las exigencias, digamos, que variables; es decir, de acuerdo con la misma vocación de quien las ocupaba. Se exceptuaba claro el preclaro Marañón, con su tarjeta de visita de "catedrático sin oposición" de lo que tanto se enorgullecía, pero aún él mismo llegaba parsimoniosamente a su clínica a las 9. Se dejaba ayudar a poner la bata. Hacía su visita lentamente y en olor de multitud. Él asistía  a las frecuentes sesiones y conferencias sentado en el mismo banco de madera que nosotros, lo que nos causaba un gran impacto de sencillez, que no de camaradería, y luego a las doce se montaba en su Jaguar antiguo, con chofer uniformado y cortinillas echadas donde, al igual que cuenta el mismo Marañón que hacia el Conde Duque de Olivares en su carroza, continuaba leyendo o tomando notas mientras se  dirigía a su casa. En todo caso los sueldos oficiales no daban para vivir, ni siquiera para tomar el desayuno y se entendía que los médicos de prestigio vivían de sus consultas y hacían más bien  el favor social de pertenecer también a los servicios de Beneficencia del Estado o de la incipiente Seguridad Social con lo que todos podían beneficiarse de su sabiduría. Este régimen naturalmente producía entre otros el tremendo mal de los oligopolios profesional- politicos; la limitación del número de puestos de trabajo disponibles y los centros de formación, que a la postre solamente permitía un número limitadísimo de profesionales cualificados o cualificables ya que ello es imposible sin unos medios clínicos adecuados. Los manicomios estaban, claro, también disponibles, pero en su terrible marginación y penuria no permitían una labor de calidad. Puedo citar aquí con conocimiento de causa una vez más, a mi padre y al Dr. Eusebio Nuñez, que no escatimaron esfuerzos por publicar, asistir a los pocos congresos que había entonces y realizar algún trabajo de investigación pagándolo, por supuesto, todo de su  bolsillo. Eran héroes de provincias que como tantos otros en España y en tantas otras profesiones se agostaban en el desconocimiento, pues la ciencia como tal es ente público y la autoridad, también científica, viene por el reconocimiento desde abajo y precisa por ello de difusión. Todo ello no fue superado hasta los años 6o que trajeron la bonanza económica y la renovación de puestos y hospitales. Ya llegaremos a ello.

 

                4. El Dr. D. Antonio Lopez Zanón.

                 No estuve mucho tiempo con Velasco Escasi. A las pocas semanas tomó posesión como jefe de sala del departamento de hombres donde yo estaba el Dr. Lopez Zanón y todo cambió. Acababa de llegar de Alemania, en concreto de Hamburgo donde había trabajado sobre todo en neurología nada menos que  con el gran Prof. Pette. Era grande, de frente despejada, voz sonora y fuerte, mirada voluntariosa y precisa. Nos llenó a todos de gran entusiasmo, pues se reveló como incansable trabajador, magnífico neurólogo, que nos enseño para siempre el arte de la dificil exploración clínica neurológica, y aprendiz - y que él no se moleste pues luego completó y rebasó con creces su inexperiencia de entonces - de psiquiatra. Los enfermos desde luego eran pobres desdichados procedentes de la marginación social los más. Alcohólicos callejeros más o menos en delirium tremens que además de sus dosis de meprobamato y vitaminas recibían un baño antiséptico, una reprimenda y un corte de pelo realizado a tijeretazos por aquellos mocetones que eran los celadores de la sala. Consumidores de haschisch, (Kif),  antiguos legionarios o licenciados de la mili en Africa que Lopez Zanón comenzó a estudiar meticulosamente produciendo años después magníficos trabajos sobre el tema, pioneros en España y que bien podrían haber conocido psiquiatras y políticos de la era de la movida cuando almas cándidas, decretaron los beneficios de la marihuana. Editaría más tarde una revista:    "Cuadernos Madrileños de Psiquiatria" que creo le produciría más costes que beneficios y yo tengo que agradecerle el inmenso favor de que años más tarde publicara en ella mi tesis doctoral completa que habría de hacer en Munich.[2]

 

                En este momento y con Lopez Zanón asistimos y protagonizamos emocionados  un prodigio. La aparición del Haloperidol. Aun no estaba comercializado. Preparamos la dosis del frasquito anónimo con su rótulo de registro en número enigmático. Escogimos al paciente: un maniaco festivo no excesivamente agitado. Contamos ceremoniosamente las gotas constatando la transparencia del liquido y con el dedo comprobamos su ausencia también de sabor. El paciente se lo bebió de un trago.....y en las horas siguientes nada notamos. Por precaución nos quedamos cortos de dosis, pero desde entonces casi: "haloperidol para todos". Fue el haloperidrol con el Tofranil uno de los primeros medicamentos a cuya introducción asistí sin vislumbrar que 40 años más tarde tendríamos un medicamento nuevo  por mes......

 

                En seguida llegaron las Navidades y pasadas éstas tuve que incorporarme a la División Acorazada de Carros de Combate para cumplir los cuatro meses de prácticas como alférez de complemento y terminar mis obligaciones respecto el servicio militar. Me trasladé a vivir al cuartel en la carretera de Extremadura. Allí viví con emoción mi primera paga entregada en un sobre marrón con las cuentas al dorso y bien llenito de billetes  y de moneditas. Yo solamente había cobrado doscientas pesetas al mes como alumno interno en los últimos años de carrera y que gastaba totalmente en libros. Con la paga del ejército y los escasos gastos de vivir en la residencia de oficiales, pude ya convidar a alguna amiga, comprar alguna prenda de ropa y planificar algún viaje peninsular sin tener que pedir ayuda a mi padre. Me sentía feliz y durante unos meses me olvidé completamente de la medicina y de la psiquiatría. Un mes de prácticas en El Goloso, y otros de maniobras por no se donde. Muchas horas de descanso, lectura, siestas  a todas horas y pereza y aburrimiento en otras. Madrid brindaba sus teatros, sus exposiciones y sin abusar, me ilustré con unas y otras. Sobre todo con la asistencia a los teatros nacionales gracias muchas veces a las entradas gratuitas que me proporcionaba una prima mia ( Maria del Carmen Herrero Valdés)  que trabajaba en el Ministerio de Información y Turismo ( el de Fraga Iribarne) y con amigas o amigos suyos... pero aquí  debo escribir  exclusivamente sobre la psiquiatría que yo he vivido. Queden para otro lugar  mis memorias más personales.

                Desde entonces no he vuelto a vivir, ni a soportar, Madrid.

¿Deseas seguir leyendo el 3º Capítulo?.Adelante pues:

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