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Las enseñanzas de Hans Cristian Andersen

Teresa Cañas

 

Fue una suerte tener entonces un maestro como Hans. Llegó a nuestra vida a esa edad en que se descubre el lenguaje de los semáforos. Resultaba fácil: el redondel rojo significaba peligro, el naranja cuidado, el verde paso libre –pero siempre mirando, siempre con cuidado, eso era lo que recordábamos con la voz de nuestra madre cada vez que nos aventurábamos a cruzar la calle. Fue en esa época cuando aprendimos un montón de cosas útiles para nuestra vida en sociedad y para nosotros mismos: aprendimos cuáles son los alimentos que deben comerse con cubiertos, lo inoportuno que es hablar con  la boca llena, la obligación soñolienta que hay de rezar al niño Jesús al acostarnos y la existencia de letras que si se colocan de cierta manera se convierten en palabras que indican cosas. Fue también entonces cuando comenzó a parecernos que la vida estaba ligeramente algo menos iluminada con ese rayo de sol en el que había partículas de oro suspendido y empezamos a sospechar que los reyes magos podían ser gordos y estar calvos. Pues bien, fue justamente en ese momento cuando llegó el maestro Hans y nos descubrió que por detrás de la tarima, en los camerinos, existen muchas cosas que no se pueden conocer –ni oler ni gustar ni tocar- si no nos ayudan las palabras. Así que abandonando a un rey Baltasar con el colesterol alto nos metimos debajo de la mesa con nuestro maestro, un libro inmenso apoyado en el regazo y sin decir nada, en silencio, Hans empezó a hablar y absorbimos lo otro, aquello que haría una amalgama con lo de los semáforos y los cubiertos y el niño Jesús y los simulacros de reyes magos y pasaría a formar parte del argumento con el que trataríamos a partir de entonces con nuestra propia vida.

 

Por eso ya va siendo hora que hagamos un homenaje a nuestro maestro Hans. Más en esta ocasión tenemos que hacerlo nosotros mismos, aquellos que fuimos niños que nos metimos debajo de una mesa con él y le escuchamos mientras hablaba sin voz. No dejaremos que nos pase como con tantos otros que las ganancias económicas han adulterado, les han hecho fiestas por todo lo alto y han vendido los boletos y después fue como si nos los hubieran desfondado, corrompido, a ellos, a nuestros compañeros, a nuestro querido Don Quijote, a nuestro amado Mozart, vestidos de carnaval y con la careta puesta, convertidos en fantoches indistinguibles de aquellos con los que habíamos convivido, de nuestros amigos. Así que ahora, antes de que a alguien se le ocurra festejar a bombo y platillo el 201 centenario de su nacimiento o el 131 de su muerte, vamos a volver a meternos debajo de la mesa y a recordar, con un texto nuevo con menos colores y mejor presencia, lo que entonces nuestro viejo maestro Hans Cristian Andersen nos enseñó.

 

Abro el volumen y busco en el índice, cómo no, El patito feo: página 279, “El campo estaba precioso. Era verano...”. Sigo leyendo y cuando llego a la frase en que el patito, ya convertido en cisne, es rodeado por los otros cisnes y acariciado con el pico, por un momento vivo la misma alegría –y ¡oh, prodigio!, con el mismo cuerpo- que sentía entonces, cuando Hans nos decía esa frase para demostrarnos como un pato feo puede ser un cisne bello con solo cambiar de ambiente o dejar que pase el tiempo. No hay cuento que ayude a estar alegre tanto como este. Pasados los años, no podemos dejar de pensar qué razón tenía el viejo Hans al prevenirnos de que no mirásemos a los patos con ojos de ave de corral, cuidado con la mirada de gallo o de gallina, nos advirtió.

 

Y para dejar claro este asunto no hay más que ir a la página 148, al cuento suyo que prefiero, El traje nuevo del emperador. Pero resulta -me percato-  que este cuento se ha transformado dentro de mí durante este tiempo y el emperador se ha travestido y se ha convertido en emperatriz, emperatriz que curiosamente ha pasado a llamarse Ciencia, una emperatriz desnuda que habíamos imaginado ataviada de elegantes ropajes. Para saber como ha sucedido esa transformación del emperador en mi interior no tendría más remedio que salir de debajo de la mesa y dejar a un lado las enseñanzas de Hans, por lo que continuo revoloteando con la mirada por el índice del libro y lo abro en la página 130.

 

Allí está La sirenita, símbolo de Copenhague. Al igual que entonces, arrugo la nariz. Nunca me gustó ese cuento de una sirenita esforzada y valiente que por amor perdió su cola de pez y su palacio en el fondo del mar, una sirenita que por estar con un príncipe gandul y apático sufrió dolores tremendos en sus escamas convertidas en pies. Una sirenita bellísima que por ser sirena en vez de humana tenía que trabajarse su propia inmortalidad... No, pasaré de largo por este cuento de una equidad poco andersiana.

 

Así que, por fin, me decido: página 295, La reina de las nieves. Gerda buscando al pequeño Kay. Gerda escuchando las historias de las flores, interpretando el lenguaje de los cuervos, conviviendo con malvados bandoleros, viajando a los lomos de un reno hasta el fin del mundo, ahí donde está el pequeño Kay, en la morada helada de la reina de las nieves, un Kay insensible y gélido por un trozo de cristal helado que se le ha metido en el ojo y en el corazón. Y las cálidas lágrimas de Gerda derritiendo su hielo. Volvieron a casa, nos cuenta el maestro, y “allí se sentaron dos adultos que al mismo tiempo eran niños, niños en su corazón. Y era verano, un verano cálido y esplendoroso”. Así acaba este cuento en el que Hans relata como se va creciendo.

 

Y después, empiezo a picotear como un cisne andersiano por otros pequeños cuentos desconocidos para mí que aparecen en este volumen. Sigue el viejo Hans queriendo enseñarnos cosas: He aprendido, por ejemplo, como distinguir una princesa verdadera de una falsa con un guisante colocado debajo del colchón. Y también que hay un “niño malo” llamado Amor, un niño que no respeta nada, un niño que puede clavar sus flechas a cualquiera, hasta a ancianos bondadosos y poetas, como pasa en su cuento que se llama justo así, Niño malo.

 

Con esta advertencia, abandono el tablero de la mesa que nos sirvió entonces de cobijo improvisado, salgo a la calle y cruzo la carretera con el semáforo en verde, no sin antes mirar con precaución, como nos enseñó nuestra madre, hacia ambos lados.

 

 

Publicado en Revista Axis, Sección Médicos y artistas, Junio 2006

 

 

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