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Ulises en España

Mª Teresa Cañas

 

Vivía en el primer piso del número dos de Pasajes, la calleja más oscura y estrecha de todo el pueblo. Desde la ventana no podía escudriñar el cielo pero aún así era capaz, con una simple ojeada, de saber cómo venía el día y en que estación del año se encontraba. Cuarenta años de experiencia dan para mucho. Por eso, lo primero que hacía al levantarse era abrir la ventana, sacar la cabeza, mirar hacia la izquierda y fijarse en las ramas del olmo de la plaza que sobresalían al final de la calle. Observaba si se mecían o no en el aire, si escurría la escarcha o los regueros de lluvia, si tenían el verde alegre y fosforescente de la primavera o por el contrario el verde maduro del estío. O si las hojas amarilleaban y enrojecían antes que el árbol se desnudase para su sueño de invierno. Pero además, conocía bien la oscuridad de su pasaje. Sabía cuando era oscuridad de noche, cuando oscuridad de niebla. Y como esa misma oscuridad se iba clareando con la proximidad del solsticio para que un rayo de sol lograse, al fin, durante dos semanas, subir más alto que los edificios de alrededor y alumbrar, victorioso, quince minutos al mediodía, la ventana del cuarto piso del número tres de la calle Pasajes. Y era entonces cuando la inquilina de ese piso sacaba un geranio paliducho y atormentado a la ventana. Esta vecina había llegado hace casi veinte años a la calle Pasajes como una recién casada danzarina. El tiempo, las preñeces sucesivas y las borracheras del marido le habían dado una gravidez amarga, permanente, a sus pómulos y a la comisura de sus labios. Su indumentaria, cuando a las diez de la mañana salía a trabajar como dependienta en la zapatería, también le había servido a él para conocer las inclemencias y clemencias del tiempo: su abrigo de paño, el paraguas, el vestido corto y sin mangas del verano...

 

Pero el abuelo tenía importantes razones para estar siempre al día sobre la fecha en que se andaba. Por eso, cada Noviembre, compraba su taco calendario Myrga de pared en la papelería del pueblo. Regresaba a casa con él y lo guardaba, envuelto y todo, en el cajón de su mesilla. El día 1 de Enero, por la mañana, lo desenvolvía y procedía a reflejar en las hojas correspondientes la lista de eventos significativos: la fecha del aniversario de boda, las fechas de cumpleaños de su mujer, de su hijo y de su hija. Con los años, las fechas de cumpleaños de sus nietos. Y, sobre todo, para rodear con un rotulador naranja comprado exclusivamente para ese fin, el día 16 de Junio. Naranja como su pelo, pensaba. Y ponía el taco en la pared, retirando previamente el cartón en el que se había convertido el del año anterior. Cada noche, iría quitando la hoja correspondiente y disfrutaría con los crucigramas, chistes, consejos útiles y citas célebres con los que el calendario le agasajaba al finalizar el día.

 

A medida que se acercaba el mes de Junio se mostraba más inquieto. Y ese día, el día 16 de Junio, el día de su viaje a Itaca, el abuelo se levantaba temprano, miraba por la ventana y se vestía con sus mejores ropas. Quince minutos (que con los años fueron veinte) tardaba en llegar andando a la estación de autobuses para coger el que salía hacia la capital a las siete y veinte. Llegaba a su destino a las ocho y en el bar de la estación desayunaba un café con leche, cuatro churros y una porra y hacía tiempo hasta la salida a las nueve y media del autobús que le llevaría a su destino. A las diez y media aproximadamente alcanzaba por fin a divisar la playa de ese pueblecito costero donde sirvió de camarero durante un verano.

 

Fue allí donde conoció a Sally O´Connors, una joven irlandesa pelirroja, de tez muy clara y ojos azul primavera, algo rolliza, y con una risa que se desbordaba entera por toda su cara y todo su cuerpo. Sally, estudiante de Filología hispánica, estaba pasando el verano en España para perfeccionar su castellano. Y con ella el abuelo, entonces aún joven, vivió su última (o quizás única) historia de amor. Durante esas semanas Sally le cantó baladas irlandesas, le habló de su pueblo natal y su querido Dublín y le contó una extraña costumbre que tenían algunos universitarios dublineses: El día 16 de Junio, día que llamaban Bloomsday, se reunían para imitar las idas y venidas que había realizado un viejo judío dublinés, llamado Leopold Bloom, ese mismo día en 1904.Así, subían a una torre, paseaban por una playa, compraban jabón en una droguería, entraban en una iglesia, visitaban un cementerio, cruzaban puentes, iban de peregrinaje por determinadas calles, comían cerdo y, sobre todo, bebían cerveza en varios pubs.  Sally, azuzada por el recuerdo de su tierra, podía pasarse horas hablando, con su indescriptible acento, sobre esos lugares y ese personaje. Aunque el abuelo, entonces aún joven, no entendía muy bien todo ese asunto, se entusiasmó con ella y por ella y su risa desbordante.

 

El día de su partida Sally le regaló envuelto en papel naranja, como su pelo, un libro llamado Ulises donde se contaban las peripecias que Leopold Bloom pasó un 16 de Junio, del cual el abuelo no consiguió leer ni las dos primeras páginas. Prometieron ambos solemnemente que el próximo Junio se encontrarían en Dublín para imitar los pasos de Bloom. Durante los meses siguientes, mantuvieron una apasionada correspondencia en la que planeaban minuciosamente los lugares que visitarían juntos.  El abuelo, entonces aún joven, leía y contestaba las cartas mientras miraba a su sobria mujer remendar los calcetines y dar de comer a sus hijos. Cuando escribía a la irlandesa, su plan de viaje le parecía más real y con más fuerza que su vida en la calle Pasajes. Por la noche, en cambio, esos mismos planes le resultaban tan absurdos y tan tétricos que no le dejaban dormir. En Mayo, al fin, decidió escribir a la joven pelirroja una escueta nota en la que le decía que, naturalmente, sus obligaciones familiares le impedían viajar. No volvió a saber de Sally. Pero ese 16 de Junio hizo su primer viaje a Itaca. Cuando llegó al pueblo donde la había conocido, se sentó en la arena de la playa y caminó con Sally, mientras miraba al mar, por un Dublín nublado y de ensueño.

 

Desde entonces cada año el abuelo celebraba su particular Bloomsday en el pueblo costero. Pasaba la mañana en la playa con una Sally siempre joven y siempre risueña. Después comía unos huevos y unas salchichas con una jarra de cerveza en el chiringuito donde él fue camarero y que cambió de dueño al año siguiente. Daba un paseo por el pueblo y a las cinco de la tarde se subía de nuevo al autobús que le llevaba a la capital. Aprovechaba la hora y media de espera en esa ciudad para comprar algún regalo a su mujer y a sus nietos y un nuevo autobús, tras cuarenta minutos de viaje, le devolvía de nuevo a su hogar. Allí, volvía a disfrutar cada mañana adivinando el tiempo que se asomaba a la ventana por las ramas del olmo, la vestimenta de la vecina, la oscuridad de su calle. Y deshojando cada noche el calendario.

 

Cuando el abuelo murió de repente en Navidades su hijo abrió el cajón de la mesilla y encontró, junto al taco calendario Myrga del siguiente año, envuelto y todo, treinta y ocho hojas del 16 de Junio de los treinta y ocho últimos años, ribeteadas de naranja. Tras un gesto de extrañeza las tiró a la basura. Extravagancias del abuelo, pensó, y siguió escrutando el contenido del cajón de la mesilla.

 

Publicado en Revista Axis, Abril 2005,  Sección Médicos y artistas

 

 

 

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