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Una esquina del cuarto de Jacob 

Teresa Cañas 
 

A Cristina Gil-Díez,

anfitriona y amiga 
 

Ella se despierta. Aunque quizá no debiera decir que es ella la que se despierta sino sólo se despierta, y así dejar constancia de que ese despertarse fue algo previo a ser ella y que hay un momento en que es ese despertarse exactamente igual al de cualquier ser vivo que deja de dormir, indiferente a uno: es la misma suave tensión de músculos de un guepardo al estirarse tras su sueño o idéntico al trémulo aleteo de una mariposa cuando abandona su quietud de reposo. Se despierta (ella) y puede acompañarse de una sensación de bienestar despertarse, aunque aún no sepa que empieza la vigilia y todavía esté rondando su cabeza por las nebulosas del ensueño de esa noche. Y tras un momento - un momento que no se puede decir si es infinitamente largo o un ínfimo instante (esta propiedad atemporal tiene el despertarse sin saber aun quién es la que se despierta)-, recuerda: es ella, Emma, está en su casa, en su cama, tiene veinticuatro años y lo mejor de todo, hoy es domingo y no tiene que ir a trabajar. Esta última aseveración, la orientación en el tiempo, es fin de semana –finde, como ella dice- hace que no pese esa especie de bola de acero que lleva atada últimamente al tobillo izquierdo, una bola pesada con la que se levanta cada mañana temprano para ir a la fábrica de empaquetar galletas y que no le abandona hasta que sale por la tarde del trabajo, camino a casa o a la sala de fiestas o a la heladería.  
 

Así que Emma se levanta de un salto, hoy es domingo. Sube la persiana y abre la ventana. Un gorrión está armando una trifulca en la rama más alta del único árbol de la plaza, allí, a la izquierda. Es una lógica consecuencia de la primavera y del sol que se desparrama en estallidos de luz por los tejados de las casas, las aceras grises, los balcones y ahora por el suelo de loseta de la habitación de Emma, un suelo consistente en cuadraditos color teja. Abajo, en la plaza, ya está Don Segundo sentado en el banco con su traje de chaqueta de franela gris y el bastón apoyado en el borde del asiento, a su vera. Don Segundo, erguido, mira al frente, a la puerta de la iglesia, y hoy el ambiente de la plaza ha cambiado respecto al resto de los días de la semana. Mujeres vestidas no solo de negro sino también de colores atrevidos, chillones, alegres, se acercan a la iglesia. Mujeres con los labios embadurnados de escarlata, mujeres risueñas que llevan a sus niños pequeños con ella y les enseñan que en la Iglesia uno debe portarse bien, no puedes, Carlitos, sentarte en el suelo ni ponerte a corretear si ves a la tía Remedios ni cantar sin ton ni son las canciones de la escuela. Y estas jóvenes madres, piensa Don Segundo, son tan bonitas y tan alegres, tienen ropa tan vistosa y unas piernas tan bien formadas, que él, que siempre ha sido ateo, agradece con todo su corazón que haya misas de domingo a las que deban ir esas mujeres conservadoras de las tradiciones y aficiones, siempre tan elegantes, siempre tan pulcras, siempre tan amables y discretas. 
 

Emma trabaja, ya sabemos, en una fabrica de empaquetar galletas. Y las trabajadoras de estas fabricas no pertenecen a este grupo de mujeres de misa de domingo que viven al oeste, en la urbanización de chalets con jardines rodeados de setos en los que se oye ladrar a los perros en invierno y en verano chapotear a los niños en el agua de la piscina y algunas noches, también en el estío, risas de adultos y chisporroteo de barbacoas que impregnan el espacio con aroma a chuleta o a sardina. No, Emma no pertenece a este grupo, aunque hay que reconocer que unos años antes, cuando empezaba a despuntar su feminidad en pecho erguido, en hombros cabizbajos, en zapatos de tacón, en rimmel en las pestañas, ella y dos amigas, también mujercitas incipientes, se acercaban a esas casas, miraban entre los setos y buscaban al joven de coche deportivo rojo que una vez les saludó al pasar... Ahora, Emma, que trabaja en una fábrica de empaquetar galletas y que lleva una bola de acero atada al tobillo izquierdo, desprecia a esas mujeres de medias de seda cargadas de hijos y de colorete, sonrientes y falsas, ricas, inauténticas y bellas. Así que Emma desde la ventana de su casa de barrio -enfrente de la Iglesia- las dedica una mirada despectiva - ¿despectiva? ¿seguro, Emma? -, y como para querer olvidarlas pone la radio a todo volumen y así cierra sus sentidos también al gorgojeo de los pájaros en primavera. Y Don Segundo erguido en el único banco de la plaza de la Iglesia sigue mirando detenidamente a cada joven madre que se acerca, primorosamente vestida, a la misa dominical de las doce, aunque si no fuera porque es un poco duro de oído le molestaría enormemente la música rabiosa que sale a esas horas disparada desde el cuarto de Emma.  
 

Antes de que finalice la misa Emma abandona su casa ceñida en pantalón vaquero, enfundada en su chaqueta rockera de cuero y con su piercing en el labio superior. Un libro en la mano. Se sienta en el banco de la plaza, el mismo que ocupa Don Segundo cada día en la mañana y que los domingos comparte a la hora de la misa con esa muchachita hosca y desaliñada.  Nunca le ha gustado al anciano esa tendencia de las jóvenes modernas de vestir como varones, ocultando las piernas, difuminando las curvas, sin gracia ni coquetería... aunque la coquetería y la frivolidad fueron furiosamente ridiculizadas en sus concepciones juveniles de lo humano, su cosmovisión de los sexos, su idea del progreso y de la revolución. Como en tantas otras cosas, la batalla permanente, la discordancia continua entre las opiniones de su corazón y su cabeza, ambos, ahora, a su edad, aplacados, pasotas. Casi muertos de viejo ambos contendientes. Por eso Don Segundo, que solo le interesa ya lo bello –aunque sea sin sustancia-, ignora a la chica con la que comparte el banco,  y ni siquiera intenta adivinar el título del libro que ella ha abierto. No obstante, dada su incipiente ceguera -producto de los años y de sus prolongadas lecturas clandestinas sobre política en la mocedad y en la madurez- y dado el tamaño de las letras del título no hubiera podido adivinar nunca que se trataba de El cuarto de Jacob, un libro de Virginia Woolf. ¿Conoce Don Segundo quien fue Virginia Woolf? Todo un misterio señala, sin lugar a dudas, esta pregunta. 
 

Acaba la ceremonia religiosa. Las feligresas con sus niños salen de la Iglesia. - Carlitos, no corras, cuidado con los coches ¿quieres venir de una vez?-. Don Segundo, con un semblante ligeramente alelado, las mira por detrás mientras marchan. Emma también sigue con los ojos a estas mujeres, especialmente a las que se acercan a la panadería de enfrente y, sobre todo, se muestra enhiesta y atenta cuando salen de la tienda con barras de pan y panecillos, bandejas de pasteles, estuches con helado y cajas de bombones. El libro descansa lánguido abierto de par en par en su regazo. 
 

En pocos minutos la plaza va expulsando a los distintos miembros de este desfile multicolor con ropas de domingo que la ha animado y vivificado. Carlitos se marcha chupando una piruleta, su madre con el paquete de pasteles bajo el brazo mientras espía el reflejo de su figura en el escaparate de la tienda. Cada cual se va, bien a su casa, bien a uno de los bares de dos calles más abajo, donde pedirán un vermú y unas aceitunas o unas gambas. Coca cola para el niño. 
 

Quedan en la plaza los dos inquilinos provisionales de su único banco. Son retirados las bandejas de pasteles del escaparate de la panadería. Un joven, el hijo del dueño, sale al fin de la tienda y echa la reja metálica. Emma, mucho más erguida, con un leve temblor que riela en el libro, convierte sus mejillas en sonrojo arrebolado mientras su mirada, solo atenta a ese chico que baja la persiana, se dirige a cualquier otro lado. Por ejemplo, a su libro, donde lee: “No cabe negar que, para bien o para mal, en nuestro interior llevamos un potro salvaje”. Él pasa al lado del banco y saluda, primero a D. Segundo y luego a la jovencita que está a su lado. ¿Podemos adivinar en esa bajada leve y graciosa de cabeza, en esa sonrisa amedrentada y en ese porte tan preocupado por su imagen, un interés algo especial por esa chica que está en el banco sentada? 
 

Se aleja el hijo del panadero. Emma vuelve a leer la misma frase, “no cabe negar que, para bien o para mal, en nuestro interior llevamos un potro salvaje”, mira durante unos minutos al frente, a la tienda cerrada, y después se va a casa. Si un rato después se hubiera asomado a su ventana habría observado como D. Segundo se levanta con esfuerzo de su asiento, se apoya en su bastón y camina despacio y cojeando. 
 
 

Publicado en Revista Axis, Sección “Médicos y artistas”, Agosto 2006

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