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A vueltas con la Justicia: una de cal y otra de arena

 Por el Tuerto

La de cal

La Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, ha declarado el suicidio de un trabajador, que ya llevaba seis meses de baja, como accidente laboral. Si señor, con un par, como tiene que ser.

Muy resumido. Se trata de un trabajador, jefe de servicio y responsable de un departamento, que desarrollaba su trabajo manual a satisfacción hasta que un buen día, reestructuran la empresa y pasa a hacer lo mismo de antes, pero con una máquina que desconoce, por lo que debía ser tutelado por sus hasta entonces subordinados.

Comienza una depresión reactiva grave, en el curso de la cual, un mal día decide que hasta aquí hemos llegado, y va y se suicida. La mutua tomó el suicidio como “acto voluntario” y se negó a pagar la pensión. El tribunal ha sentenciado que “aunque no es normal ni habitual que una depresión se etiquete como accidente de trabajo, no existe impedimento para determinar que una situación depresiva tenga origen en una situación laboral específica”. La situación creada por la empresa sobre el trabajador, el tribunal la interpreta como “situación que el trabajador la entendió como vejatoria” y además considera “que existe una relación directa entre el suicidio y la gravísima depresión en la que vivía sumido el empleado”, y “la única forma de resolver el conflicto que su cerebro enfermo podía decidir, era el suicidio”. Así que la mutua, a pagar. Punto.

Esta sentencia, sin lugar a dudas, sienta un precedente de enorme interés en el derecho laboral, y en el futuro servirá de apoyo a futuras reclamaciones en parecido sentido. Por ejemplo, sin llegar a los límites desgraciados de este caso concreto, podrán reconocerse un buen número de casos en los que la depresión, sea considerada como enfermedad profesional, que no como simple enfermedad común. Es una cuestión de extraordinario interés económico para el afectado. Porque el que la hace, la paga. Y si tal depresión, reactiva a problemática laboral, lleva al trabajador a una situación de invalidez, podrá reclamarse ésta como derivada de enfermedad profesional, con todas las consecuencias económicas que ello conlleva.

Muy bien. Le han echado lo que tenían que echarle y el resultado es una sentencia que me parece lógica, progresista, valiente, y de Justicia (con mayúscula). Coherencia no le falta.

Prepararos pues, colegas. Ir recopilando vuestros papeles. Yo me sé de un montón de compañeros, con un “Burnout tipo San Lorenzo” (osea vuelta y vuelta, y vuelta y vuelta, y vuelta y vuelta... todo el jodido día con la hoguera bajo los pies) que están para invalidez. Son compañeros que comenzaron a trabajar con una ilusión sin límites y que ahora se sienten tan requetequemados por el Sistema Nacional de Salud, como para decir basta. Esos si que pueden, y deben, echar mano de tal jurisprudencia para reivindicar, con toda justicia, que su salud mental ha sido tan repetidamente puteada y apaleada, que tienen todo el derecho del mundo a solicitar desde ya, la invalidez definitiva. Y a pensión doble, ganada a pulso por méritos de guerra, conseguidos en las mil batallas habidas, día a día, con los pacientes, la gerencia, la administración, el sistema, la globalización y hasta con la santa compaña. Eso sí: ir buscando un abogado que sepa lo que hace, cosa ciertamente infrecuente en el mundillo sanitario. Si yo os contara...

La de arena

Un poco más al sur, que el sur también existe, La Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, desestima la solicitud de invalidez a un médico, probadamente contagiado de hepatitis C por un paciente al que atendió, porque “no se encuentra inhabilitado por completo para toda profesión u oficio”. Padece una hepatopatía crónica y la padecerá mientras viva, pero... en vez de la incapacidad permanente le reconoce la incapacidad parcial, porque entre otras lindezas, para que no se sienta discriminado, la sentencia le dice que “lesiones aparentemente idénticas pueden afectar de modo distinto a los trabajadores, en cuanto a su incidencia en la capacidad de trabajo”. Le recuerda además “que no hay invalideces, si no inválidos” y remata con que las dolencias que padece el médico “tan sólo le impiden el desempeño de actividades que requieran esfuerzos físicos y contraindican las que impliquen riesgos de transmisión de la enfermedad a otras personas” por lo que estará incapacitado para ser doctor pero “no inhabilitado por completo para toda profesión u oficio”.  Y se queda tan pancho.

Osea, 45 años, médico, accidente laboral, contagiado, hepatopatía crónica de mal pronóstico,... tienes que dejar de ser médico por accidente laboral. Secuelas graves de por vida. Ese infortunio nos puede pasar a cualquiera, cualquier día. Toca madera. Porque... a la vista está la que nos puede caer. Te dan la incapacidad parcial y... “arréglatelas como puedas, que yo te doy media paga y listo”. Osea, el resto, a currártelo. Eso sí, ya sabes: puedes trabajar de estatua viviente en zona turística, de mendigo arrodillado a la puerta de una iglesia, de sacristán en nómina..., yo que sé... puedes ser vigilante de aparcamiento, cajera de supermercado... Si es que no somos nadie. Haz Medicina y contágiate ejerciendo tu profesión y lo llevas crudo, tu. Puedes terminar de motorista de Telepizza (que ilu, saltándote los semáforos).

Uno de mis pacientes, chofer de autobús urbano, hizo un trastorno por angustia. Le pegaban unas crisis de pánico de la leche en el momento más inoportuno. A lo mejor en medio de un atasco de tráfico zás,  y, claro, preparaba unos rifirrafes cosa loca. Tras un periodo inicial de tratamiento, en el momento que vi que la cosa se iba solucionando, le di el alta, recomendando su reubicación laboral dentro de la plantilla de la misma empresa, cosa que la ley contempla. La empresa le ofreció de inmediato la invalidez definitiva, a lo que yo me negué reiterada y razonadamente, puesto que su problema, tenía solución y precisamente parte importante de la terapia era el reinicio de su actividad laboral. Me ayudó que él se negaba con 40 años a jubilarse, y eso que le presionaron de mil maneras. Pero claro, la posibilidad de que la montara, siempre existía. Por eso, la empresa le pasó a realizar labores de mantenimiento en las cocheras. Cuando le daba el telele, pues no pasaba nada, tomaba su medicación, hacía sus ejercicios de relajación, y otra vez al tajo. Hoy es un hombre feliz, reintegrado laboralmente y seguro de si mismo.

Desgraciadamente, el compañero de Valencia nunca llegará a recuperarse del todo. Pero imaginemos, como simple hipótesis de trabajo, que se encuentre física y psíquicamente fuerte aún, cosa que le deseo de todo corazón. En ese caso, que alguien me justifique porqué no reubicarlo laboralmente, dentro del propio organigrama sanitario, como médico con tareas administrativas, gerenciales, directivas o de lo que sea. Pero siempre siendo médico, que es lo que él eligió. No entiendo porqué no.

Bueno sí. Recuerdo que mi profesor de Medicina Legal se jubilaba. Una gran persona. El último día de clase, del último año académico de su vida, el hombre repasó, emocionadamente en medio del silencio sepulcral de todos, un poco la historia de su vida académica. No se me borrará nunca de la mente la emoción y el rictus de tristeza de su rostro, mientras nos contó la historia de su padre. Era hijo de un forense, Profesor de Medicina Legal, que al poco de empezar su trabajo, tuvo la desgracia de pincharse durante una autopsia con el instrumental y a consecuencia de ello tuvieron que amputarle un brazo, por lo que tuvo que dejar su plaza. “Entonces no era como ahora y quedó desamparado”, nos dijo con infinita  amargura.

Profesor, perdone: ¿cómo dijo?, ¿está seguro que las cosas han cambiado tanto?, ¿eso cree?.

Mi compañero de Valencia, tiene una hepatopatía crónica, de origen laboral, en la que le va la vida y la profesión, y va un magistrado y le viene a decir que... en fin... que de médico no, pero... que... de limpiabotas, o de discjockey, o de... ¿Qué le parece?. Válgame Dios, que insensatez. 

Ya sabes, colega: ante tal sentencia, cógete una depresión. Te lo recomiendo.

Una depresión es lo que necesitas para llevarlos a todos al juzgado y hacer nueva reclamación de invalidez desde ese enfoque. Alega la jurisprudencia citada al principio, búscate un buen abogado y suerte.

Y si no lo consiguieras, maldita sea... más suerte aún.  No decaigas. Y un abrazo.

 

Correspondencia: eltuerto@semg.es

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