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Imágenes y dolor 

Por El Tuerto 

Con ocasión de los atentados terroristas del once de marzo en Madrid, se ha originado un fuerte debate, en foros médicos, en torno a la cuestión de si sus brutales imágenes debieron ser emitidas, o no, por los medios de comunicación de masas. Su interés radica en que, según estudios, el impacto de esas imágenes en la salud mental de la población general, y de los propios afectados en particular, se ha hecho notar, muy especialmente en forma de desesperanza, estados de ansiedad, crisis de angustia, y abatimiento emocional. Y además, en que todas esas imágenes, probablemente no ayudan en nada a superar el dolor por la canallada, si no todo lo contrario.

En realidad este debate se hace a toro pasado, porque a falta de mejor consenso, cada medio hizo en su día lo que creyó oportuno, según ciencia y conciencia, que de todo hubo.

Creo que es bueno que se hable de ello. Lo ideal, sería intentar establecer una especie de pacto de honor entre los medios de comunicación, sobre cómo, cuando, y qué imágenes transmitir a la población de ese tipo de noticias, sopesando pros y contras y llegado el momento cumplir lo acordado. Porque, desgraciadamente, hechos tan bárbaros pueden volver a suceder cualquier día. Soy consciente de que no debe ser nada fácil lograr un consenso al respecto, visto lo visto, porque el prisma visual de cada cual es muy peculiar, y sus intereses, ni te digo. Lo lógico sería emitir todos las mismas imágenes, si es que hay que enseñar alguna. Pero, no sé, habría que decidir un montón de matices. Hasta el cómo y qué información dar, cosa harto difícil, porque podría ser malinterpretado como una especie de imposición de censura previa y eso, en un Estado de Derecho no se hace, por que hay que respetar la libertad de cada medio a hacer lo que crea más oportuno. Apelar en estos casos al sentido común y a la responsabilidad de cada cual, es lo más socorrido, pero hay quien carece de el uno y la otra, y si no, vete a las hemerotecas... o a las fonotecas. 

La difusión de imágenes dramáticas, tácitamente es un debate ya superado para los casos en los que suceden acontecimientos trágicos que podemos considerar como “esperables”, como ocurre por ejemplo, con los muertos en accidentes de tráfico, laborales, violencia doméstica, etc. En esos casos, con enseñar imágenes de “bultos” cubiertos por la típica lámina aislante dorada de los servicios de emergencias, todos intuimos sin más, la desgracia que cubren.

Pero ese mismo debate no está superado, ni mucho menos, y se convierte en lacerante y cruel, porque divide y encona, cuando el poder establecido o una amplia capa social, necesita mostrar a todos, la crueldad, la barbarie y las consecuencias, de actos que arremeten contra sus propios pilares, y que atacan, frontalmente, los intereses y los principios éticos de la sociedad entera a la que legalmente representan. Por eso, para hacer testigos y partícipes a todos de que su pública denuncia es veraz, se muestran las imágenes reales, por dolorosas que sean y con todas sus consecuencias.

Y se podrá discrepar, o no, pero esa forma de actuar tiene toda su lógica y su razón de ser. Nada mejor que una imagen, que además de valer más que mil palabras, te hace forzosamente testigo ocular de lo sucedido y te obliga a pronunciarte. Porque además, desde ese mismo momento te implica, bien a la búsqueda de una solución, bien a que des tu visto bueno a los actos que, los que defienden los intereses comunes, harán en tu nombre para lograrla. Y de ahí mismo, surge la división de opiniones.

Unos opinan que sí deben ser emitidas tales imágenes, porque las simples cifras, frías y asépticas, por bárbaras que sean, (dios mío, 192 muertos, se dice despacio), nada dicen si no se acompañan de los testimonios gráficos que lo acrediten a los ojos de todos. En ese caso, se debería imponer el salvaguardar el derecho a la propia imagen de los afectados, mediante, por ejemplo, la distorsión de su rostro u otros elementos que lo identifiquen.

Otros opinan que no deben emitirse, porque añaden un innecesario plus de dolor y crueldad, tanto para los que las sufren y sus allegados, como para los que las presencian. Y además un postrer y sádico motivo de orgullo, para los que las ocasionan.

El fiel de la balanza, como siempre, ni en el sí ni en el no, debería quedar al medio. Publicarlas sí, pero un sólo y exclusivo día, para que nadie pueda llamarse a engaño. Pero, por favor, sin recrearse en ellas, sin repeticiones, con advertencia previa de lo que se va a presenciar, con recogimiento y respeto, aliviando el dolor. Y nunca más. Luego, a las hemerotecas y a los libros de historia, donde quedarán guardadas por los siglos de los siglos. Pero una sola vez, sí. Necesariamente sí. Que nadie pueda hacerse el loco, alegando que, aquello que no presenció, no existió.

Y es que hay imágenes, brutales y dolorosas, que han sido imprescindibles para la construcción de la memoria colectiva. Están ahí, en la mente de todos, porque cambiaron o afianzaron nuestra forma de ser y pensar, e incluso el curso de la historia. Fueron realizadas por seres anónimos, y obligaron a tomar definitivamente partido a todos, o por los verdugos, o por sus víctimas. Y a implicar a todos, en la búsqueda de soluciones.  

Por ejemplo, la imagen de aquella pobre mujer del jersey a rayas,  muerta a cuchilladas por el loco de su marido, en pleno jardín, con la cabeza reclinada para siempre sobre el asiento de aquel banco de madera, hizo muchísimo en favor de la lucha y la concienciación colectiva contra la violencia doméstica. Ya no hace falta mostrar más, y de hecho, no se muestran. Con una valió.

Por ejemplo, los 850 asesinatos de esa organización terrorista de desalmados, OTD, que otros llaman ETA, tuvieron sus días contados cuando una cámara grabó cómo, a una niña inocente y rota, Irene Villa, intentaba inútilmente aproximarse su madre herida, arrastrándose por el suelo y desangrándose con brutales amputaciones. Desgraciadamente, a esos  asesinos no los paró nuestra cordura, ni la solidaridad de todos, ni nuestro cariño y afecto con sus víctimas. No. Desengañémonos. Las víctimas dejaron de sernos algo lejano, para pasar al terreno de lo personal e íntimo, cuando por televisión salieron esas atroces imágenes de mutilaciones sin sentido y desde entonces la historia pegó un vuelco irreversible.

Por ejemplo, el Holocausto, nunca hubiera existido de no ser por el cámara anónimo que grabó como, las palas excavadoras de los aliados, enterraban y removían en fosas comunes miles de esqueléticos cadáveres de judíos exterminados en los campos de concentración nazis. Aquel día se dijo, nunca jamás, al nazismo.

Las imágenes son muy importantes porque son los testigos mudos que resistirán el paso del tiempo. La memoria del hombre es corta y frágil. La de la imagen, eterna y sólida. Pero para ser vistas sólo una vez, por favor. Y luego, sólo muchos años después, servirán para refrescar la memoria desde los libros de historia. De otro modo, a fuerza de repetirlas sin sentido, del regodeo en el dolor, la mente humana se termina acostumbrando a todo, e incluso a des-preciarlas, es decir, a disminuirlas de su valor real.

Y en ese error no debemos caer jamás, porque eso, precisamente eso, la repetición constante, machacona y habitual de imágenes, por dolorosas que sean, se emplea como una técnica más de marketing perverso,  al servicio del engaño colectivo. Con esa técnica, se intenta que se termine por restar importancia a un hecho, por importante, hiriente y cruel que sea,  al que al final dejamos de prestar interés. Ese sí, es el uso perverso de la imagen.

¿Quieres un prototipo de tal ejemplo, en la España reciente? Pues para mí... sin lugar a dudas, el paradigma, es la mil veces repetida imagen del individuo ese, que de animal tiene hasta el apodo, al tal Josu Ternera me refiero, presidiendo la comisión de derechos humanos del parlamento vasco. Esa imagen, la más dolorosa, pornográfica y sodomizante de la democracia, se hizo habitual en los telediarios, como si fuera lógica y normal. Si, has leído bien, imagen sodomizante he dicho, porque al noventa y muchos por ciento de las personas de bien, justo ese efecto que la palabra traduce, nos producía. Que paradójica canallada. Procesado por el asesinato de once personas, cinco de ellas niños, en el atentado a La Casa Cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, y lo nombraron, que dios los perdone, presidente-de-la-comisión-de-derechos-humanos de un parlamento, dicen, democrático. Que vileza. Bueno, pues a fuerza de repetir esa imagen, oye,  como que la gente se acostumbró a ella y ya no le daba mayor interés a tan sádico nombramiento. Si a tantos nos sodomizaba... ¿qué no haría en el corazón de los allegados a sus víctimas, de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos?. Pobrecitos. Toda una táctica perversa de la utilización de la imagen. Ya ves.

Pero hay imágenes que forzosamente deberíamos ver. Yo sí desearía ver, por ejemplo, (mañana, tarde y noche, día a día, hasta que la-verdad-toda-la-verdad-y-nada-más-que-la-verdad resplandezca hasta cegar), la imagen de la Comisión de Investigación del Congreso de los Diputados, dejándose el pellejo y las pestañas, hasta que todo lo relacionado con los atentados del 11M quede claro, nítido y transparente. Nos lo deben.

Esa imagen la necesitamos todos, por pura higiene mental. Ya pasó el calor, estamos más relajados tras las vacaciones, con la cabeza fría y el tiempo va pasando, aliviando con él el duelo colectivo. Ya no hay disculpa. Caiga quien caiga, queremos saber la verdad. Las imágenes del horror, a los libros de historia, pero la verdad... la verdad, encima de la mesa. Ya. Que tarden para ello lo que tengan que tardar, pero sin parar de trabajar.

No puede ser que, tamaña atrocidad, fuera la consecuencia del conocido y consentido compadreo de unos caparranas, delincuentes traficando con dinamita, con una panda de fanáticos pseudoreligiosos, que vinieron a despellejar a medio Al Andalus porque, ya ves, no tenían nada mejor que hacer. Venga ya... O sí puede ser.

A veces la realidad supera a la ficción.  

Pobre imagen la nuestra.

 

 

 

Correspondencia: eltuerto@semg.es

 

 

 

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