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La consulta en la España Cañí

 Por el Tuerto

No hay derecho, no señor. Con estos planes de estudio no vamos a ninguna parte. Y hoy lo digo, por mi padre que lo digo: Tenían que enseñarnos Tauromaquia en las Facultades de Medicina.

Sí, hombre, sí. Tenemos que hablar en serio del tema de la formación de los futuros médicos. Porque te enseñan lo que te enseñan, y se olvidan de enseñarte  lo más importante, osea, a torear, que al fin y al cabo, es lo nuestro. Que sí, hombre,  que no admite discusión, que para ser un buen médico, además de saber mucha medicina, tienes que saber torear, con las dos manos y en cualquier terreno.

Por eso, propongo que a partir de ahora, cuando los recién Licenciados en Medicina tengan su fiesta de fin de Carrera, con la imposición de las bandas, nada de birretes. De eso nada: a los médicos, montera, que es lo nuestro. Y que en esos trances,  hagan un paseillo, oyendo en vez del “Gaudeamus igitur”, “El gato montés”, paradigma de pasodoble para oír al sol, en tardes de tendidos multicolores, achicharrao de calor, mientras te desuellas la garganta entre los olés, el humo del purazo reseco de la penúltima boda y los sudores de agosto, con las moscas zumbando jodiéndote la paciencia.

Pero si es que vas a la Facultad de Medicina y no te enseñan lo que te tienen que enseñar, hombre. No te preparan como dios manda, y luego, pues claro, sales a la calle sin tener ni idea de la realidad. También aunque seas MIR, salao. Y cuando empiezas a ejercer, vas de sorpresa en sorpresa, porque nadie antes te explicó que lo tuyo sería, esencialmente, poner en práctica el arte de Cuchares, con preferencia incluso a la de Marañón.

Y esto no puede seguir así, que hay que poner un poco de cordura, que mucho kalazar, mucha fiebre amarilla, mucho… que no lo verás en la vida, espero, y sin embargo no te enseñan lo fundamental, lo de todos los días. Osea a torear, que lo necesitas más que el beber.

Oye y si hay que cambiar el sistema, pues se cambia, que para eso estamos. ¿O no?.

Vivimos en la piel de toro ibérica, y eso se tiene que notar hasta en la Facultad. En esto, ojo, que de globalización nada de nada, ¿eh?, que para bien o para mal, vivir en España, antes que nada significa ser español, es decir, heredar la cultura de nuestros ancestros, asumir el legado de nuestros antepasados. Y eso marca. Y de qué manera. Da una impronta, un carácter especial muy nuestro, que se  hereda, gen a gen, osea de generación en generación, que significa precisamente eso, la herencia de los genes.

A lo mejor es por eso por lo que los médicos de antaño se dejaban unas patillas de hacha, tipo bandolero de Sierra Morena, que metían miedo. Sus caras estaban así más a juego con la realidad psicosociológica de sus pacientes.

España, también en eso, tiene que ser diferente. Mira… que quieres que te diga, el modelo yankee de enseñanza de la medicina, está muy bien para los yankees, el alemán para los alemanes… Pero el español, tiene que ser distinto, porque es para españoles. Y olé.

No me repitas eso de que España es plural, jodio pesao,  que ya lo sé, faltaría más, ¿quién lo duda?. Como piel de toro que es, ya sé que tiene zonas muy singulares: los ijares, el morrillo, las verijas, los lomos, las agujas, el pescuezo, los jarretes y hasta el rabo… que todo es toro. Cada región, claro que tiene una textura especial, un tacto, un aroma, unas hechuras, pero todas forman parte de la piel del mismo bicho, y la transición de una a otra es gradual, difusa, ilimitada, inconcreta. Las fronteras no existen en un pellejo. Que nadie ponga puertas al campo y diga eso de, hasta aquí es esto y desde aquí lo otro, porque es mentira. Las partes conforman el todo, al que enriquecen y el todo no se comprende sin la suma de sus partes. Y en la misma piel de toro estamos todos. Por eso aquí hay toreros en cada pueblo, en cada ciudad, hasta si me apuras, en cada casa. Das dos pasos, y zas!... oooootro torero !!!.

Aquí, mal que les pese a unos pocos, todos llevamos un torero en el armario, en el genotipo, troquelado desde antes de nacer. Bueno, tengo un amigo gine, que cuando hace las ecografías a las embarazadas le dice a la madre: este va para banderillero, que tiene los brazos bien estiraditos, o este para picador, que se le ve el codo derecho por detrás de la espalda o este para… Y los médicos, puestos a llevar un torero dentro, deberíamos llevar al menos dos: Uno para todos los días, el de andar por casa, como más así, más normalito y otro para los días de guardia. Porque lidiar, lo que se dice lidiar, lo hacemos a diario, y en las guardias, ni te cuento. De eso estamos sobraos.

Por eso es una lástima que, en las Facultades de Medicina no se nos enseñe, desde pequeñitos, que nuestro ejercicio profesional futuro lo haremos en Iberia, y que por lo tanto, nos tienen que enseñar algo tan nuestro como la Tauromaquia. Sí, coño, sí. Nuestro ejercicio profesional, he dicho, se tiene que basar en la tauromaquia, lo has entendido perfectamente, hombre, no sé de que te extrañas. Y que por ello, al mismo tiempo que se aprenden todas y cada una de las otras asignaturas del pregrado, hay que aprenderla. Pero tiene que ser asignatura troncal. De maría nada, ¿eh?. Tiene que ser obligatoria porque, la consulta de un médico, refleja perfectamente todas y cada una de las fases de la lidia. Así que el que no la apruebe, puerta, que para esto no vale.

Por eso, habrá que poner anuncios por doquier, en las farolas, por las paredes, en los semáforos:

“Se solicitan toreros, para ser profesores en la Facultad de Medicina. Se valorarán las cornadas habidas, el haber toreado en muchas plazas, las broncas, los toros al corral y los avisos. Abstenerse toreros de salón.”

 Así conseguiremos que los alumnos tengan como profesores, por ejemplo, a Santiago Martín “El Viti”, a Paco Camino, a Julian López “El Juli”, a José Tomás, a Manuel Benitez “El Cordobés”, o al “Niño de la Capea”. Todos ellos a dar clases y a enseñarnos. Y al final de la carrera, que aparezcan en la orla con el resto, como profesores que son. Necesariamente tenemos que mirar a la Fiesta Nacional y aprender de ella, para poder llevar a buen puerto nuestro propio cometido.

Si se admite mi propuesta, y la Tauromaquia entra en las aulas, me pido desde ya poder volver a matricularme, para empezar otra vez la carrera. Sería güay, colega. Lo que iba a aprender. ¿Y como nos lo íbamos a pasar?. Con madrinas y todo. ¿Te imaginas?. Se acabaron las monotonías. La asistencia a las clases sería masiva, los estudiantes nerviosos pasarían horas esperando a la puerta hasta que el bedel permitiera el acceso a las aulas, habría codazos por entrar el primero, sonarían los clarines, saldrían en los medios fotos de aulas abarrotadas, nos tiraríamos unos a otros ramos de flores, y el “pasa la bota colega”, sería lo habitual. Que gozada. Las clases serían infinitamente más amenas. En vez de murmullos, los olés atronarían en los anfiteatros, habría desplantes, espontáneos, brindis a los amigos, salidas a hombros, vueltas al ruedo,… quién fuera estudiante así.

Pero sobre todo, aprenderíamos mucho de ellos, de su saber hacer, de sus suertes, del manejo de los tiempos, de tantas y tantas cosas que guardan una estrecha semejanza con nuestra profesión de médicos. Por compartir compartimos hasta una jerga común. Y el saber hacer, el oficio, nos lo darían antes de recibir las primeras cornadas por las plazas de los pueblos, que siempre son las más amargas.

Cuando nos dieron puerta, al salir de la Facultad salimos poco menos que a hombros y por la puerta grande, pero nadie nos advirtió que tendríamos que jugarnos los cuartos día a día, de poder a poder con los enfermos, la administración y hasta con el lucero del alba. Teníamos todos los bagajes teóricos, pero pocas horas de tentadero. Pero que engañaditos estábamos. Nos dijeron que a trabajar, nos dieron la alternativa y nos echaron a la arena, aunque a algunos les costó lo suyo tener una oportunidad por lo del paro médico. Y claro, hicimos el paseíllo sin tener ni zorra idea de lo que nos esperaba. Nos faltaba la destreza con el percal.

Con el traje de torear puesto, osea, la bata, empiezas a comprender con desilusión, que no todo el que aparece por el portón de los sustos viene para dejarse ayudar, ni es que precisamente sea una hermanita de la caridad; que también hay bichos malencaraos que no saben más que dar tarascadas; que los hay que llegan rebrincaos  de entrada,  que en cuanto te descuidas, se van a morderte las zapatillas sin venir a cuento y se te revuelven a cogerte por la faja como les pierdas la cara. Y tu a llevarte sustos y disgustos, que es lo tuyo, por no saberles echar las manos abajo. Los hay que son auténticos cabestros, a los que hay que dar puerta cuanto antes, porque no tienen ni media faena que hacerles. Son los resabiaos, producto de la sociedad destartalada y cutre en que vivimos, a los que los politiquillos de turno les explicaron en mal día que a nosotros nos ponían allí para hacer de Don Tancredo y que estamos para aguantar sus perrerías. Y actúan en consecuencia. A esos se les ve la leña que llevan en los pitones en cuanto aparecen por el portón, pero nadie te los manda a los corrales, que es donde debiera estar más de uno. Y tu, de tardes de gloria, ni a fin de mes.

Es precisamente con esos morlacos, con los que al médico se le ve el oficio, el saber estar en la cara, porque con embolaos semejantes la faena tiene su qué y hay que saber los terrenos que se pisan. Sin embargo, el maestro, en esas ocasiones se crece, porque sabe marcarle los tiempos, y llevárselo con buenas mañas a los terrenos que le son propios. Y es que cada bicho tiene su lidia y sólo a base de encontronazos, es como vas aprendiendo el oficio. Y todo porque, en su día, no te enseñaron en la Facultad las reglas del juego. Tenían que haberlo hecho, habernos enseñado a torear, con empaque, con temple, con holguras, y a saber medir las distancias que necesita cada cual.

En las urgencias psiquiátricas a pie de calle, por ejemplo, se necesita oficio. O en las que, sin serlo, te topas con el típico follonero, agresivo, y loco, que vete a saber lo que se habrá metido para ese cuerpo que algún día le comerán los gusanos.

Son el paradigma donde el saber estar del maestro, se nota. Ahí tienes que saber pisar los terrenos, descubrirle las hechuras y valorar con que te la juegas para, a pesar de todo, ayudarle. Ahí no valen maletillas ni subalternos, porque son situaciones que requieren conocimientos taurinos a punta pala, y es en ellas cuando verdaderamente el torero se la juega, y con él, el incierto futuro de su paciente.  Si triunfa, dando a cada uno su lidia, en corto y por derecho, la cosa está resuelta. Y para eso necesita saber a fondo lo del "parar, mandar y templar" de los taurinos. Si fracasa y se trastabilla, perdiendo los papeles, todo terminará como el rosario de la aurora.

 Pero, quieto parao colega,  que no hay que malinterpretar su auténtico significado, porque:

-         “Parar”, no es sujetar al pájaro por los cuernos cuando te aparece desarbolao por el portón de toriles, si no saber aguantar el subidón de adrenalina, el ajeno y el propio, de cuando no te lo esperas y se monta un pollo que ni pa dios,  que te involucra. Que parar en realidad significa "preparar o prevenir", y también "ordenar, mandar o disponer", e incluso "recaer o venir a estar en dominio o propiedad de alguna cosa". Osease, hacerte cargo de, pero sabiéndolo hacer, para lo que se requiere que tengas tablas. Porque en esos momentos, constatas que eres el único que puede manejar las riendas del folklore sobrevenido, para que todo vaya por su ser y en los terrenos apropiados donde tú, que no él, lidias. De lo contrario...

-         “Mandar”, no es mandar, no es dar órdenes ni hacer imposiciones, porque el toro no te las admitiría y en cualquier derrote ibas a estar apañao con el cornalón que te iba a meter entre cuero y carne. Por el contrario, mandar es saber dar salida a lo sucedido, conducirlo embebido en la muleta hacia las puertas de la solución cuando el toro se te entrega, osea, ser resolutivo y ágil en la situación sobrevenida. Osease, "dominar al caballo, regirlo con seguridad y destreza"  para "disponerlo a cumplir los deseos de otro" de buen agrado. O una mezcla de todo ello, que se traducirá en una correcta atención al paciente y familiares.

-         “Templar”, no es calentarle aún más la cabeza con eso tan socorrido de "tranquilo, tranquilo", que oirá decirle a todo el mundo cuando los que no están tranquilos son ellos. Ni ponerle paños calientes a una situación jodida, si no dejarle expresarse, marcándole los tiempos, ayudándole a desangustiarse a él y a los suyos, haciéndole ver que estás allí para ayudarle, mostrándole un firme sí a esto y no a lo otro, pero llevando la suerte sin que parezca que mandas. Es dirigir con maña el curso de los acontecimientos por torrenteras controlables, osease "adaptar las velas a la fuerza del viento" o "moderar, entibiar o suavizar la fuerza de una cosa". Es decir, un poco de todo eso, junto con un buen chorretón de saber hacer y una pizca de dejar estar. Eso es lo que va a marcar la diferencia, que beneficiará, enormemente, a tu paciente, que es lo que tu pretendes.

También, llegado el caso, habrá que enseñarle al médico que hay situaciones en las que lo mejor para todos, es saber tirar a tiempo el capote al suelo y salir corriendo, para de un salto pasarte al callejón, a mirar las cosas con más calma. Y a veces también, que hay que dar bajonazos y mientras con una mano le enseñas la punta de la muleta para distraerlo, con la otra le clavas donde se pueda... y le haces flipar en colores cuando menos se lo espere, osease, dos de haloperidol a traición total.

En todo caso, el médico español, debería recordar a menudo que no es un forcado portugués, que de enfrentamiento frontal, amarre, y pega, nada de nada… que hay becerros que no tienen ni medio pase, que no se ahorman y que, a esos, les va que ni pintada una faenita de aliño, trincherazos de castigo y a toriles cuanto antes.

 

Si es que hay marrajos, que no son buenos ni de disecaos.

 

 

 

Correspondencia: eltuerto@semg.es

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