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¡ Mal rayo me parta !

 Por el Tuerto

Estoy convencido que hay días que lo mejor que puede hacer uno, es no bajarse de la cama ni así te maten: ojos que no ven, corazón que no siente. Es que... hay días que, en cuanto pones los pies en el suelo, no haces más que llevarte disgustos, hombre. Puedo estar equivocado. A lo mejor, lo que hay que hacer es, desde que sales de la ducha, ponerte un impermeable en el alma para que nada te afecte y todo te resbale. Si, quizás sea lo mejor. Pero... y eso ¿cómo se consigue?. Yo por más que lo intento, una y otra vez... nada, que no, que no puedo conseguirlo. Y menos estando de guardia.

Suena el maldito timbre del Centro de Salud, (le tengo un asco!!!...), y mientras que recuperas la conciencia, porque no sabes ni dónde estás, encuentras la llave de la luz, te pones los zuecos y sales zumbando por el pasillo, parece que ya vas de mal carácter. Pero no. Lo único que pasa es que, esos despertares de sopetón, ya no te pillan con veintitantos años y claro, tienes canas hasta en el alma y la cosa ya no es lo que era y vas medio zombi,  dándote porrazos por las paredes del pasillo los primeros cuarenta metros. Que mira que es largo el condenao.

Luego ya, eres capaz hasta de recuperar la sonrisa mientras abres la puerta. Esta vez, viene una madre, ansiosilla, con un chavalete en brazos de unos tres años, coloradote y lustroso que poco malo puede estar. Es un alivio, porque a las horas que son, o te suelen traer a niñas de quince años con una cogorza como un piano de cola, o a muchachos veinteañeros, rotos a más no poder, recogidos de cualquier cuneta tras el consabido guantazo con el coche.

Esta vez, menos mal, todo se reduce a una posible gastroenteritis febril con cefalea y abundantes vómitos en un niño, para la que la madre acude en busca de una segunda opinión. ¿Una segunda opinión?. Pues sí. La madre es tan médico como yo, o más, y sabe de sobra lo que le pasa a su hijo, pero... a veces los sentimientos te pueden, y cuando se trata de un hijo propio... ya no se fía uno ni de sí mismo. Y eso es lo que le ha pasado a ella, que se ha llenado de dudas y quiere saber mi opinión.

-         ¿Dónde trabajas?

-         En lo que encontré. En una residencia de ancianos, a unos cuarenta kilómetros de aquí.

-         Hombre, por lo menos te libras de hacer guardias.

-         Que va... yo estoy de guardia las veinticuatro horas del día, como vosotros los rurales hasta hace quince años, hijo. Lo que pasa es que mis padres viven en un pueblo aquí al lado y hoy, bendito sea Dios, he podido venir porque otra compañera se ha quedado por mí.

-         Me tomas el pelo... pero si eso ya no existe, mujer. Tendrás derecho, como todo el mundo a una jornada laboral y punto.

-         Que no, que te estoy diciendo la verdad. Mira, trabajo de nueve a tres, todos los días, y además, el resto del santo  día, de guardia localizada, con el busca en la cintura y no veas la cantidad de avisos que salen. Eso de tener que cuidar del “frente de juventudes”... pues ya sabes lo que es. Pero estoy hasta el gorro. No sabes lo que estoy pasando con esto. Lo llevo atravesado.

-         Esos ímpetus de trabajo... yo ya los dejé atrás hace tiempo. Hay que cuidarse un poco, mujer, que la vida se va, y trabajar relajada. Imagino que por lo menos, te estarás forrando.

-         Pero... ¿que dices?. ¿Sabes cuanto gano al mes?. Con esa jornada laboral, ¿sabes cuanto gano al mes?: ochenta mil pesetas. Ya me dirás si hay derecho a eso.

-         ¡No me jodas!

Nos hemos quedado en silencio.

Mientras hemos estado hablando, sin darnos cuenta su hijo se ha quedado como un porro, dormido en la camilla, como un angelito.

Parece que le haya rascado en la herida, y mientras miro a no sé dónde, poco menos que avergonzado, humillado y herido, ella habla con indignación, con rabia... pero, también, con una profunda sensación de desamparo, como si se tuviera que justificar conmigo. De carrerilla. Habla y no para:

-         Tengo dos hijos, que éste es el pequeño, y hace ocho años que terminé la carrera. Y yo estudié para trabajar. A ver si tu vas a ser como mi marido, que dice que para lo que me pagan, mejor me quede en casa con los niños. Yo hice la carrera para trabajar y no me da la gana estarme mano sobre mano. Además, eso lo dice él, que gana poco más que yo, que conste. Ya me dirás que plan. A ver si tu te crees que estoy contenta con esta miseria de sueldo. Pero es que no hay otra cosa, hijo. Abusan porque saben que en el paro hay un montón de médicos, que si no... y saben que yo trabajo, como trabajo, porque no tengo alternativa. Y si yo lo dejo mañana, hay cola para coger mi plaza, ¿me entiendes?, hay cola. Lo que pasa es que al que nos toca, nos toca. ¿Si no?: de qué!. Ya mi dirás que hago... lo que pasa es que aquí no se mueve nadie. ¿Dónde está el Colegio?. ¿Porqué no sale en defensa de nuestra dignidad y nuestros derechos?. ¿Como es posible que un médico, un médico, pueda ser contratado con esa jornada por cuatro duros?. Es curioso, que coges un aparejador, o un abogado, o un arquitecto, o mi madre que llamó a un ATS cuando yo no estaba para que le pusiera una inyección a mi padre, y todos te salen con la misma cantinela a la hora de cobrar: “Mire, le cobro los honorarios mínimos que marca el Colegio, menos no puede ser”. ¿Y nosotros?. ¿Dónde está el Colegio?. ¿Dónde está nuestro sueldo mínimo?. Y que conste que yo le pago al Colegio lo mismo que tú, todos los meses... pero por nosotros, nadie mueve un dedo. Ni un dedo. A ver a quién vamos a recurrir. Esto son lentejas... si no lo hago yo, otro estará encantado de hacerlo. Amigos mío me han dicho, que si dejo ese trabajo que les avise...

No sé que decirle. Escucho su torrentera de lamentos y exclamaciones y no sé que decirle. Mal rayo me parta, tiene razón. Y no sé que decirle.

Se va, con el niño en brazos. Casi, casi... bueno, y sin casi, disculpándose por la parrafada que me ha echado y... pero que comprenda, que a alguien tenía que decírselo, que ahora parece que se encuentra más aliviada.

Y yo me quedo, mal rayo me parta, sin saber qué decirle.

 

correspondencia: eltuerto@semg.es

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