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Teresa Cañas
Es verano. La noche se
vuelve coqueta y saca a relucir sus estrellas milenarias,
broches de brillantes que tintinean por doquier, soberbios, orgullosos,
prepotentes. Como una adolescente al vestirse de largo, el cielo de la noche se
convierte en el estío en una joven altiva y engalanada, una mujer lozana y
atrevida que muestra sin ningún recato las joyas de sus antepasados. Y entre ese
conjunto de piedras preciosas que aparece en el firmamento, allí, al oeste, se
encuentra Vega, la quinta estrella más brillante del universo. Vega dibuja,
junto a otros astros menos refulgentes, la forma de una lira. Y esta
constelación en forma de lira, esta nebulosa, es un broche que le regaló Zeus a
la Noche
para que lo luciera en verano antes de que naciera el Tiempo. Un homenaje al
amor. Un homenaje a la poesía. Un homenaje a la música. Quién mejor para exhibir
este símbolo lírico, debió pensar Zeus un día de julio mientras se lo colocaba a
la Noche en la
solapa y le ordenaba ser la portadora del mensaje de Orfeo,
Quién mejor que tú, Noche,
puede lucir esta lira cada verano, en recuerdo de aquel a quién perteneció.
Quién mejor para que, con el brillo de las estrellas allí en lo alto, la
historia de Orfeo siga contándose de padres a hijos, de generación en
generación, y nunca se olvide el poder de la música, el poder de la poesía y el
poder del amor. Y los que sean capaces de escuchar algo dentro de ellos mismos
en las noches claras y desenfadadas que oigan entonces la sinfonía creada por el
tañido de la lira y el canto de Orfeo narrando su historia, acompasados con el
croar de las ranas y el vuelo de un búho,
Que escuchen a Orfeo, el
poeta y músico más famoso de todos los tiempos, hijo del rey de Tracia y de la
musa Caliope. Que le oigan tocar la lira que le regaló Apolo y le enseñaron a
usar las Musas, esa lira cuyo sonido no sólo amansa a las fieras sino que hace
danzar a rocas y a árboles. Que escuchen ese canto que dulcifica el carácter de
los hombres,
Que sepan las aventuras
que vivió Orfeo cuando se unió a los Argonautas con la misión de marcar la
cadencia a los remeros y que escuchen la música con la que calmaba las
tempestades y serenaba a los marinos. Que no olviden que su canto venció al de
las Sirenas cuando éstas quisieron atraer a los Argonautas y que ellas acabaron
suicidándose tras su derrota,
Que durante esa noche de
verano bailen los hombres la danza más alegre y festiva, aquella que habla de
cómo Orfeo se enamoró de Eurídice y de como esta le correspondía, y de los
preparativos de la boda -de las flores, del organdí, de los dulces, de las
risas, de los ojos fulgurantes y de espesura en las pestañas-. Que canten los
hombres la juventud de esa boda y que el universo entero se llene de notas de
tonalidad suave, rosa y dorada,
Pero que sepan también que
Orfeo nunca llegó a desposar a Eurídice. Que escuchen el lamento del poeta al
narrar como poco antes del festejo nupcial Aristeo trató de forzar a Eurídice y
esta, al huir, pisó una serpiente y murió. Y entonces que empiecen a oír sobre
la bajada tenebrosa del enamorado a los Infiernos. De la tristeza del sonido de
su lira. Del amenazante ruido del fuego. De su determinación de seguir bajando
para buscar a su amante en el reino de las sombras. Y es aquí cuando la música
suena con toda su solemnidad y tristeza, es la melodía de la desolación y de la
pérdida. Es la sinfonía que logró hechizar al barquero Caronte, ese anciano de
larga barba blanca y ojos llameantes encargado de trasportar las almas de los
fallecidos por el río que separa el
reino de los vivos del de los muertos. Y que también consiguió hipnotizar al
perro Cerbero, que guarda la puerta de ese reino. Y a los tres jueces
infernales. Es esta música el sonido de un anhelo, el anhelo de llegar al fondo
del Infierno para encontrar a aquella a la que ama. Es un lamento y un ruego,
lamento con el que Orfeo comunicó al señor de los Infiernos su desgracia, y un
ruego, el de que permitiese a su amada volver al reino de los vivos. Y se vuelve
entonces esta canción tan triste que hasta en el mismo Infierno lloraron las
almas sin sangre (y sin lágrimas) y los condenados dejaron de cumplir su condena
eterna mientras sonaba. Tan potente llegó a ser la música y la poesía del amor
allí abajo que Tántalo dejó de buscar el agua con que saciar su sed. Tan fuerte
fue que la rueda de Ixión se quedó parada. Tan poderosa se volvió que hizo a
Sísifo sentarse sobre su roca. Tan subyugante resultó que hasta los buitres
dejaron de picotear el hígado del gigante Ticio. Tan convincente, en fin, que el
mismísimo Señor de las Tinieblas le permitió a Orfeo llevarse a Eurídice de
nuevo al reino de
la Vida. Y sólo puso una condición. Una
absurda y caprichosa condición: la de que Orfeo no mirase hacia atrás hasta que
ella estuviese a salvo bajo la luz del sol. No mirar hacia atrás en la oscuridad
si uno quiere seguir indemne después de haber conocido los Infiernos, esa es la
enseñanza. Pase lo que pase, nunca mirar hacia atrás cuando no haya luz. Y
Eurídice siguió a su amante por el oscuro pasadizo, guiada por los sonidos de la
lira –y aquí la tonada se vuelve suplicante, presurosa, una petición aguda, una
espera. Pero Orfeo no pudo
contenerse y miró a su pasado oscuro sin estar junto a la protección de la luz
del sol y entonces Eurídice por segunda vez desapareció.
Silencio. En esta parte la
sinfonía pierde su ritmo, se estanca, se vuelve repetitiva y desabrida, deja de
ser música. Porque habla de cómo logró vivir Orfeo a pesar de la bajada a los
Infiernos, a pesar de la pérdida repetida, absurda, incompresible de su amada.
El canto se convierte en misterio y Orfeo, que se ha vuelto sabio, predica la
manera en la que puede el alma sortear los obstáculos tras la muerte. Se rebela
contra los mandatos de Dioniso. Es el sonido sin voz, el habla sin melodía de la
teología órfica.
Que sepan los hombres que
al final esta historia, como no podía ser de otra manera, se llenó de sangre. La
música atrona. Las Ménades, bien porque le amaban y él las despreció o puede que
solamente porque quisieron ser las artífices de la venganza que bramó Dioniso,
atacaron a Orfeo, le arrancaron las extremidades y tiraron al río su cabeza, que
bajó cantando hasta el mar. Y éste la acunó y la llevó a la isla de Lesbos. Allí
fue donde la cabeza empezó a lanzar oráculos a diestro y siniestro, oráculos que
alcanzaron tal fama que el dios Apolo –que no deseaba competencia para los suyos
de Delfos -le ordenó callarse para siempre.
Y que las musas (perdón,
las Musas) ¡qué dulzura! recogieron llorando los miembros de Orfeo y los
enterraron al pie del monte Olimpo donde desde entonces suena el trino de
ruiseñores más bello del mundo ¿no los
puedes oír, acaso, custodiando la tumba de Orfeo?
Y su lira, ya lo sabes tú,
Noche, llegó a tu firmamento, para que cuando te adornes con ella, resuene en
quien mire al cielo estrellado los poemas de amor de la música de Orfeo.
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