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Palencia: Reunión de la Sociedad Castellano-Leonesa de
Psiquiatría -junio 2007
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La influencia del
trastorno de angustia de Miguel de Unamuno en su pensamiento y
creatividad .Dra. Maite Cañas |
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Buenas tardes,
quiero agradecer vuestra presencia a todos vosotros y
dar las gracias a los
organizadores del congreso, a Paco Primo y a Emilio González,
por su invitación a formar parte de esta mesa. Ni que decir tiene
que estoy encantada de estar hoy aquí, en Palencia, la ciudad que para
mí más que mi ciudad adoptiva es mi ciudad madrastra, dispuesta a hablar
de ese tema apasionante sobre el que tanto nos gusta escudriñar a los
psiquiatras, que es el de la relación entre el arte y la mente. “Arte y
mente: una intrigante y peligrosa relación” es el título de la mesa de
esta tarde. Y cuando me propusieron el tema en seguida tuve claro que de
lo que tenía que hablar hoy era, sin lugar a dudas, de la intrigante y
peligrosa relación que existe entre la escritura de un autor que también
tuvo una ciudad madrastra castellana y algo que denominamos un síntoma
mental: la angustia.
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El autor es D.
Miguel de Unamuno y la ciudad es Salamanca, aunque este escritor también
tuvo bastante relación con Palencia, su hijo mayor vivió aquí y uno de
sus poemas más famosos está dedicado al Cristo yaciente de la buena
muerte del Monasterio de las Clara de Palencia, que si alguno no conoce
podría aprovechar para visitar, ya que el Cristo es impresionante,
aunque no lo es exactamente por su belleza. Pues bien, durante su exilio
en París, Miguel de Unamuno reflejaba en su ensayo
La agonía del cristianismo
cómo la contemplación del páramo
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de la estepa, en
Palencia le aquietaba el alma.
No me parece mala idea, por tanto, que más de 80 años después de
que él escribiera estas letras, un puñado de psiquiatras, en esa misma
Palencia aquietadora de su alma, revivifiquemos su angustia y aprendamos
de ella, porque lo que realmente estaría bien es que hoy, gracias a esta
relación que mantuvo de forma arrojada y valiente D. Miguel con su
angustia y que no vaciló en describir, conozcamos nosotros, “los
terapeutas de la angustia por
excelencia”, un poco mejor como tratarla.
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Y lo primero que
debo decir es que puede que algunas personas no estén de acuerdo con el
título que aparece en el programa. Puede que haya algunas dudas
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sobre si la
angustia que sufrió Unamuno debería llamarse patológica, si es o no
realmente un trastorno. Quizás es de eso de lo que debamos hablar hoy. Y
ello a pesar de que las manifestaciones que dejó sobre su angustia, como
veremos,
cumplen por
goleada los criterios de nuestro archiusado DSM IV y además, él llegó a
considerar en ocasiones estas crisis como patológicas. Pero también él,
y con él todos los estudiosos de su figura y de su obra, han considerado
esas crisis mucho más que lo que los de la APA llamarían hoy en día un
trastorno de angustia. Las han considerado el acicate de su creatividad.
Y la mejor manera que se me ocurre de explicarme esta paradoja, o sea,
esto de que algo sea al mismo tiempo un trastorno y un empuje para la
creación y para la vida, es como lo hace Thomas Mann
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con una metáfora
que me gusta especialmente. Es la siguiente:
“la
enfermedad creativa, la que lleva consigo la creatividad, la que cabalga
a lomos de su brioso corcel por encima de cualquier obstáculo y salta
con ebrio arrojo de cima en cima, es mil veces más valiosa para la vida
que la salud. No hay nada más absurdo que decir que la enfermedad sólo
engendra enfermedad. (La persona creativa) toma el producto inagotable
de la enfermedad y, sólo con eso, lo transforma en salud...” (Thomas
Mann).
Y mi
intención es ver si esto es aplicable a los síntomas de angustia que
sufrió Unamuno
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D. Miguel debió
padecer crisis de angustia desde muy joven.
En su primera
novela Paz en la Guerra, publicada en
el año 1896 y que tardó nada más ni nada menos, que 10 años en escribir.
Pachico, personaje con una gran carga autobiográfica, sufre también
crisis de angustia. Y de esta forma tan bella y también tan ajustada a
nuestros criterios diagnósticos nos las describe el propio Don Miguel:
“Reflexiones (sobre el misterio del tiempo) le llevaban en la oscuridad
solitaria de la noche a la emoción de la muerte, emoción viva que le
hacía temblar a la idea del momento, en que le cogiera el sueño,
aplanado ante el pensamiento de que un día habría que dormirse para no
despertar. Era un terror loco a la nada, a hallarse solo en el tiempo
vacío, terror loco que sacudiéndole el corazón en palpitaciones, le
hacía soñar que, falto de aire, ahogado, caía continuamente y sin
descanso en el vacío eterno, con terrible caída. Aterrábale menos que la
nada el infierno, que era en él representación muerta y fría, mas
representación de vida al fin y al cabo” (p. 198)
Pero sin lugar a
dudas la crisis de angustia más famosa de Unamuno, aquella que ha hecho
correr ríos de tinta y ha sido
interpretada repetidamente como el pivote para su cambio de pensamiento,
o mejor dicho, el cambio en su posición ante la propia existencia, es la
crisis que sufre la noche del 21 o 22 de Marzo de 1897.
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Esa
noche, como pasaremos a ver ahora, padece una crisis de pánico pero en
realidad lo que padece es mucho más que una crisis de pánico. En esta
fecha Don Miguel tiene 33 años, está casado con su novia de toda la
vida, Concha Lizárraga y es desde hace casi 6 años catedrático de Griego
de la Universidad
de Salamanca. Por ese entonces tiene 3 hijos. El más pequeño, Raimundín
que tiene un año, ha enfermado hace unos meses de meningitis lo que le
produce una hidrocefalia y la parálisis de una mano. Raimundín moriría
cinco años más tarde, en 1902. Este hecho, su hijo gravemente enfermo va
a estar muy presente en esta crisis y en la interpretación de la crisis
que hace tanto el propio Unamuno como los estudiosos de su pensamiento.
Pero también se han destacado otros factores biográficos
en la aparición de este periodo de cambio que debuta o culmina, no
sabría como decirlo, en una crisis de pánico. Uno de estos factores es
su pensamiento materialista influido por las lecturas de Hegel y Spencer
y el consecuente alejamiento de la fe religiosa de su niñez (situación
espiritual que como veremos para el autor es primordial en la aparición
de la crisis). Otros factores que han sido invocados en ella son: su
alejamiento del partido socialista y la grave situación de España en las
colonias, fundamentalmente en Cuba.
¿y qué
pasó aquella noche de Marzo? su biógrafo Emilio Salcedo nos lo cuenta de
la siguiente forma: “D. Miguel no puede dormir. Da vueltas en la cama,
como otras tantas noches, con desasosiego. De pronto, siente que el
corazón le falla, tiene de forma repentina conciencia del vacío, de la
nada, se siente no existiendo, y nacen en él la angustia, la congoja de
la muerte, la sensación y el dolor de la angina de pecho y un llanto
incontenible le desborda los ojos y el corazón. Su mujer, Doña Concha,
asustada, le abraza, le acaricia y le pregunta: ¿Qué tienes, hijo mío?”
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Esta reacción de su mujer, así como la misma crisis, será recordada
varias veces en sus obras. Por ejemplo, en
La vida de Don Quijote y Sancho,
donde dice, como vemos en esta diapositiva: “Hay quien no descubre
la hondura toda del cariño que su mujer le guarda sino al oírla, en
momentos de congoja, un desgarrador ¡hijo mío!, yendo a estrecharle
maternalmente entre sus brazos. Todo amor de mujer es, si verdadero y
entrañable, amor de madre; la mujer prohija a quien ama”. y también, con
un sentido casi religioso, en
Como se hace una novela, escrita 30 años más tarde durante su exilio
en París lo que da a entender de qué forma esa frase de Doña Concha
“¿Qué tienes, hijo mío?” le caló hasta lo más hondo de su corazón y para
siempre
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¿Y qué es lo que hace Don Miguel esa noche de Marzo en la que aún no
existían trankimazines para ponerse debajo de la lengua? Se levanta de
la cama y sale por las calles de la ciudad dormida en la madrugada
camino del convento de los dominicos. Es fácil imaginar la sorpresa del
hermano portero ante el catedrático que, a aquellas horas, aporrea la
puerta. En su casa no saben donde está. Falta tres días a sus clases en la Universidad y
permanece encerrado en una celda del convento de San Esteban rezando de
cara a la pared y buscando desesperadamente encontrar la fe de su
infancia. Vuelve a casa a
los tres días y empieza un diario llamado
Diario íntimo, que nos da una
idea de su desgarradora angustia, congoja y soledad, pero sobre todo, de
su búsqueda de la fe.
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Escrito, como diría él, con las entrañas, está lleno de citas de la Biblia, citas de distintos
teólogos junto con confidencias de la tragedia personal que está
viviendo. Son notas personales que D. Miguel seguramente no pensó que
salieran a la luz nunca y su sinceridad es total. Este diario se inicia,
no en balde, con un apunte sobre la enfermedad de su hijo Raimundín:
“Qué mala mano Susana –escribe pensando en su hermana monja, que había
sido madrina del pequeño -. De noche me levanto a pasearle; besos más
ahincados. Mis dos otros niños hacían mi orgullo; a la desgracia de éste
se une una estúpida vanidad”
En este diario, nombrará en más de una ocasión sus crisis de angustia.
Por ejemplo, dice, como vemos en esta diapositiva: “De la muerte.
Tristeza al despertar de noche y encontrarme una mano dormida. Me
apresuro a moverla y tocarla, preocupado de si la tengo muerta y sea y
es la muerte que por ella viene. Terror de la noche en que me incorporé
con palpitaciones” (p.61).
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Referirá ideas de suicidio, que como sabemos acompañan con frecuencia
los trastornos de angustia y sobre las cuales ha dejado constancia en
varias ocasiones a lo largo de su vida. Así, comenta en el
Diario: “Esto es insufrible.
Ahora me persigue la idea de suicidio. Hace un rato pensaba en si me
inyectara una fuerte cantidad de morfina para dormirme para siempre” (p.
113). También
expresa en varias ocasiones su visión de la crisis como algo patológico
y su temor a volverse loco. Por ejemplo, El 28 de abril de 1897 escribe:
“Cada vez que vuelvo a mi sueño, cada vez que siento un retroceso y me
pongo en mi modo de pensar y de sentir de los años pasados, se me ocurre
esta idea: ¿estaré loco? Esto es horrible”. Y algo más tardía es la
siguiente nota en la que claramente expresa su concepción de lo que le
pasa como una enfermedad de la que hay que curarse: “Yo no sé lo que me
pasa. Que me cuide, que me serene, que me tranquilice, que hago falta a
los demás, que no abandone las tareas literarias. A mí mismo me hago
falta y si Dios me cura ¡que mi curación sea principio de otras!” (Diario
intimo, p. 117). Y, como he dicho anteriormente, comenzará con su
crítica feroz al intelectualismo, crítica que no abandonará nunca a
partir de entonces, como en el siguiente párrafo en el que terminará
refiriéndose a su hijo, preso de una dolorosa ternura: “Es una
enfermedad terrible el intelectualismo, y tanto más terrible cuanto que
se vive en ella tranquilamente, sin conocerla; es tan terrible como la
locura o el idiotismo, en que se dicen que ni el loco ni el idiota
sufren, pues no conocen su mal, y aún pueden vivir contentos. No hace
más que reírse Raimundín (p.70)”.
Ahora
mismo pasaré a comentar como interpreta D. Miguel esta angustia y como
la hace fundamento de su filosofía pero antes os diré que siguió
sufriendo crisis de este tipo toda su vida
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Tras la
superación de la de 1897 siguió con síntomas larvados,
que se exacerbaron en 1906, en el que vuelven a incrementarse los
síntomas de desasosiego y de angustia: tiene insomnio, se despierta
sobresaltado con la mano y el brazo izquierdo dormidos, tiene
palpitaciones, fatiga, dolores musculares que le parecen presagios de la
angina de pecho y trastornos gástricos. En octubre de 1910 presenta una
nueva reagudización de los síntomas y escribe a un gran amigo suyo, el
doctor Manuel Laranjeira, portugués, “Los médicos llaman a esto
aprensión; otros, neurastenia. ¡Palabras! El brazo izquierdo dolorido de
continuo, y hace 2 meses -la carta tiene fecha del 11 de Marzo de 1911-
terribles insomnios. Ahora estoy mejor y me cuido. Me he tomado la
presión arterial y tengo un estado hipertensivo. Y como todo cardiópata
acaba en neurópata, mis
nervios están de punta” Este amigo, el doctor Lanjareira se suicidaría
un año más tarde lo que impresionó vivamente a Unamuno y
recordando este suicidio confesará 3 años más tarde a Manuel Machado: “Y
ahora, amigo Machado, aquí, para entre los dos, y al oído, que no lo
oiga otro: Mire, a mí se me ha ocurrido cien veces lo mismo; pero si no
me he pegado un tiro es porque tengo mujer y ocho hijos que mantener,
porque no me va tan mal la vida, gracias a mi pesimismo, que ahorra
desengaños, y sobre todo porque abrigo muchas dudas de que la muerte, y
más si es voluntaria, sea medio de salir de la duda, de la única que
vale” (Salcedo, p. 167). Curiosamente, estas dos crisis de 1906 y 1910
aparecen en periodos de sosiego de su vida exterior, en una época en que
Miguel de Unamuno es aclamado y apreciado por sus obras. Estos años son
años muy prolíficos en los publicará gran parte de sus obras más
renombradas.
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En 1923 es el golpe de estado del general Primo de Rivera, Unamuno se
posiciona en contra de él y es deportado a Fuerteventura, donde pasa
cuatro meses. Es indultado pero el propio autor se autoexilia en París,
donde reside solo, la familia ha quedado en Salamanca y donde se van a
agravar sus síntomas de angustia como aparece reflejado en su obrita
Como se hace una novela. En Agosto de 1925 decide trasladarse a
Hendaya, donde permanecerá hasta la caída de primo de Rivera en Enero de
1930 y donde deja reflejada su angustia en varios poemas.
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Tras la caída del dictador vuelve a España donde es aclamado y
agasajado, se le repone en su cátedra de Salamanca y tras la
proclamación de la segunda república es nombrado alcalde honorario de
Salamanca y, de nuevo, rector de su Universidad, cargo que había ocupado
con anterioridad desde 1900 a 1914, fecha en la
que fue destituido. También es elegido diputado a Cortes constituyentes
en 1931. Un año más tarde empiezan sus críticas al gobierno republicano,
en 1934 muere su mujer, sigue atacando agriamente al gobierno en la
prensa, y tras el levantamiento nacional en 1936, manifiesta su adhesión
a éste por lo que es destituido de todos sus cargos por el gobierno
republicano.
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El 12 de Octubre de 1936 se hace en el Paraninfo de Salamanca, tomada
por los insurgentes, un acto literario en honor de la festividad de la Raza. Al acto acude,
Pemán, Carmen Polo de Franco y el general Millán Astray, entre otros. Lo
preside Don Miguel. Hablan los demás conferenciantes, que glosan las
esencias del movimiento nacional insurrecto. Cuando concluye el último
orador D. Miguel se pone en pie y empieza a hablar y, a mi entender,
alcanza su máxima gloria en cuanto a discípulo ejemplar del modelo que
él admiró toda su vida y que fue, curiosamente, Don Quijote en su
sentido más romántico. Dice heroicamente D. Miguel entre otras cosas:
“Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la
civilización cristiana; yo mismo lo he hecho otras veces. Pero no, la
nuestra es sólo una guerra incivil... Vencer no es convencer, y no se
puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión: el odio a
la inteligencia que es crítica y diferenciadora, inquisitiva, más no de
inquisición...” El general Millan Astray se levanta y grita “Mueran los
intelectuales, Viva la muerte” y Unamuno sale, llevado casi como un
fardo, protegido por el brazo de Carmen Polo de Franco mientras se oyen
voces que le llaman rojo y traidor. El gobierno de Franco le destituye
de todos sus cargos y nuestro autor muere, dos meses más tarde, el 31 de
Diciembre de 1936 en su casa de Salamanca, silenciosamente, mientras le
visitaba un amigo.
Esta es
su biografía, y como él mismo dice es la propia biografía del filósofo
la que más cosas explica sobre su filosofía. Como ya he expresado antes,
es en esa famosa crisis de 1897 cuando el pensamiento de D. Miguel da un
giro de 180º. Si hasta entonces se había caracterizado por un
pensamiento intelectualista, en el que expresa su entusiasmo por la
ciencia y por el progreso que esta aporta, a partir de la crisis va a
dejar de identificar la razón con la verdad y abandonará para siempre su
admiración por el pensamiento materialista.
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Dice
María Zambrano en su libro sobre el autor que esta crisis es “una
especie de aceptación, un paradójico decidirse a sufrir lo que ya era y
en él vivía. No se trató de una conversión, ni de la irrupción violenta
de la gracia, ni de un cambio de convicciones filosóficas, sino de una
apertura de su conciencia a su alma, de su corazón y aún de sus entrañas
–palabra que hizo tan propia- a su conciencia...” (169).
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De
ahora en adelante este autor va a defender que el hombre es tanto un
animal sentimental y volitivo como racional. Y que la verdad está en la
contradicción irresoluble entre lo nos dice el sentimiento y lo que dice
la cabeza especialmente en lo que se refiere a lo que él llama el
problema primordial del hombre, que es la existencia de la
inmortalidad del alma. Dice: “la inmortalidad del alma individual es un
contrasentido lógico, es algo, no sólo irracional, sino contra-racional;
pero lo que siento (se refiere al anhelo de inmortalidad y a la vacuidad
del esfuerzo humano si esta no existe) es una verdad, tan verdad como lo
que veo, toco, oigo y se me demuestra –yo creo que más verdad aún -y la
sinceridad me obliga a no ocultar mis sentimientos”. Pues bien esta
contradicción conlleva a una lucha permanente entre el corazón y la
cabeza, entre la fe y la razón, lucha que produce angustia, congoja le
llama él, agonía, pero que Unamuno va a anhelar y propiciar
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porque,
dice, esta lucha, esta incertidumbre lleva a lo que llama el fondo del
abismo, que es el de la libertad y base del sentimiento trágico de la
vida, sentimiento desesperado que va a ser a su vez (cito textualmente)
“base de una vida vigorosa, de una acción eficaz, de una ética, de una
estética, de una religión y hasta de una lógica”...esta desesperación ,
dice, puede ser fuente de acción y de labor humana, hondamente humana y
de solidaridad y hasta de progreso, esta incertidumbre puede ser y es
base de la moral. STV 23)”… Así, como Thomas Mann hablará como esa
angustia va a ser fuente de salud. Dice: “¿Enfermedad? Tal vez lo
sea como la vida misma a que va presa, y la única salud posible, la
muerte; pero esa enfermedad es el manantial de toda salud poderosa. De
lo hondo de esa congoja, del abismo del sentimiento de nuestra
mortalidad, se sale a la luz de otro cielo, como de lo hondo del
Infierno salio Dante a ver
las estrellas (STV 60)”.
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Unamuno
dirá que esta desesperación es la forma constitutiva de la conciencia y
el sentimiento matriz de la libertad. Desde esta desesperación, refiere,
surge una intrépida actitud, y se convierte en incertidumbre que es
creadora y salvadora, incertidumbre que dará lugar a la creación
desesperada (“Sólo existe el que obra”, dice) y a la compasión hacia los
demás ante la menesterosidad del ser mortal que desde su miseria se
siente ligado a otros en la empresa trágica heroica de salvarse de la
muerte.
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Se une,
por tanto, D. Miguel de Unamuno a otros filósofos existencialistas en
esta consideración de la angustia como “una aventura que todos los
hombres tienen que correr”, en palabras de su admirado Kierkegaard, para
quien la angustia es la posibilidad de la libertad y escribió que quien
haya aprendido a angustiarse de la debida forma ha alcanzado el saber
supremo. Unamuno consideraba a Kierkegaard su alma gemela y como
seguramente conoceréis, aprendió danés exclusivamente para poder leerlo
y tradujo varias obras suyas. También Heidegger consideró la angustia
como una manifestación salvadora que reacciona aumentando de intensidad
cuando existimos impropiamente y que supone un aviso de que debemos
salir de esta existencia decaída para vivir con autenticidad o
propiedad(he seguido en esta exposición y en especial para esta
interpretación de Heidegger,
el ensayo sobre la angustia que ha escrito D. Pedro Gómez Bosque)
En realidad, lo que uno se pregunta tras conocer la, llamémosla,
patobiografía de Unamuno y su pensamiento es si lo que llamamos angustia
patológica es diferente a esta angustia que estos pensadores han
considerado imprescindible y enriquecedora. ¿es realmente, como decía
López Ibor, la angustia
patológica más somatizada, más física, que la angustia existencial? ¿Es
diferente en calidad o por el contrario sólo en intensidad una de la
otra?
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En alguno de los escritos de Unamuno podría entenderse que él pensaba
que había diferentes tipos de angustia como sucede en este apunte que
recogió ya en su madurez ante el soberbio paisaje castellano
de la peña de Francia. Dice: “aunque la angustia -¡y era grande!- me
privara de mirarlas con el sosiego que la contemplación estética exige,
nunca comprendí mejor su metáfora. Porque hubo momentos en que creí que
se me iba a parar el corazón o a estallárseme o cuajárseme la sangre. Y
a la angustia física se unió la moral, la angustia religiosa, la
angustia metafísica” Pero también surge, al leer sus escritos,
la sospecha de que la diferencia entre la angustia patológica y
la que llamamos saludable podría depender exclusivamente de la
manera de entenderla y de vivirla
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O sea, que el que designemos una angustia patológica o no dependería
sólo de que la persona decidiera acudir a consulta o por el contrario
asumirla y entonces pasaría a formar parte de lo que Kierkegaad denomina
“la aventura que hay que correr”. Y si esto es así, entonces es posible
que en ocasiones no sea lo más conveniente intentar atajar y abolir la
angustia, drogarla, y a lo mejor deberíamos más bien interpretarla de
otra manera o hasta, como hacía nuestro autor, estimularla ¿O acaso
cuándo nosotros tratamos la angustia en la consulta tratamos solo la,
digamos, dañina y dejamos indemne la que se ha llamado enriquecedora? Y
otra posibilidad sería que en realidad esta concepción positiva de la
angustia fuera algo trasnochado, un pensamiento consolador
creado por unos cuantos filósofos angustiados. Todas estas
preguntas están propiciadas por la lectura de la obra de D. Miguel, por
la peligrosa e intrigante relación que tiene lo que el creó con su
angustia, angustia que realmente el amó y buscó y angustia por la que él
también sufrió. Y esta creación creo que puede ser útil no sólo para
entender algo mejor lo que es la angustia, sino también para una
comprensión más holística del hombre de carne y hueso, que fue en
resumen lo que él pretendía
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Y para terminar me gustaría leer, como último botón de muestra de la
importancia que D. Miguel da a su angustia, el siguiente párrafo de su
obra La vida de Don Quijote y
Sancho:
“No sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”, digo con Don Quijote.
Y Don Quijote tuvo que decirlo en uno de esos momentos en que sacude el
alma el soplo del aletazo del ángel del misterio; en un momento de
angustia. Porque hay veces que, sin saber cómo y de dónde, nos sobrecoge
de pronto, o al menos sin esperarlo, atrapándonos desprevenido y en
descuido, el sentimiento de nuestra mortalidad.
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Cuanto más entonado me encuentro en el tráfago de los cuidados y
menesteres de la vida, estando distraído en una fiesta o en agradable
charla, de repente parece como si la muerte aleteara sobre mí. No la
muerte sino algo peor, una sensación de anonadamiento, una suprema
angustia. Y esta angustia, arrancándonos del conocimiento aparencial,
nos lleva de golpe y porrazo al conocimiento sustancial de las cosas...
A fuerza de ese supremo trabajo de congoja conquistarás la verdad, que
no es, no, el reflejo del universo en la mente, sino su asiento en el
corazón. La congoja del espíritu es la puerta de la verdad sustancial”
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